JOAQUÍN MARÍA CRUZ QUINTÁS (Jaén, 1981) es licenciado en Filología Hispánica por la UJA. Doctorando en posesión del Diploma de estudios avanzados (DEA), otorgado por las Universidades de Jaén y Granada, dentro del Programa interuniversitario de doctorado El Veintisiete desde hoy en la literatura española e hispanoamericana (La Edad de Plata). Profesor de Lengua castellana y Literatura y Latín en el I.E.S. Ruradia (Rus, Jaén).

Narrador y narración, espacio y tiempo en cuatro novelitas de José Ortiz de Pinedo: Eva Curiosa, La dulzura de amar, La aventurera de los sueños y La novelera.


 En todas las novelas aparece la figura de un narrador omnisciente y heterodiegético en tercera persona que elabora un discurso principalmente referencial (narración objetiva de hechos), aunque en ocasiones descriptivo, valorativo y también universal (en tanto que extrapolable a una generalidad conceptual). Se refiere a sus personajes de manera generalmente objetiva, y refleja sus pensamientos interiores por medio del discurso indirecto libre, empleando en ocasiones en lugar del diálogo (aunque es predominante), el discurso directo para parafrasear las palabras pronunciadas por los personajes.

Las acciones se nos van presentando de acuerdo con un esquema de composición lógica, esto es, siguiendo un orden cronológico o causal, y pivotando alrededor de un conflicto de fuerzas muy evidente (luego secundado, en el caso de Eva Curiosa, en el otro ulterior que surgirá a raíz de la entrada en escena de Farfán)¬. Este conflicto de fuerzas suele comenzar habitando exclusivamente un ámbito externo, el de la vida social, más superfluo, aunque paulatinamente podrá ir virando hacia un trance de marcada interioridad, que llegará incluso hasta el tormento espiritual de Dora.

El tiempo del discurso es (no podía ser de otra manera tratándose de una novela corta que narra unos hechos dilatados en el tiempo) claramente menor al tiempo de la historia. Para ello, Ortiz de Pinedo se sirve de recursos o movimientos narrativos como el resumen o las elipsis varias que provocan saltos en el tiempo, aunque no es menos cierto que las descripciones (por ejemplo, de la ansiada ciudad de Madrid, por donde pasean Dora y su padre, o las etopeyas y prosopografías que a lo largo de los relatos se esparcen) puedan ralentizar el tempo de las narraciones, que sin embargo podemos calificar de ágil en todos los casos, como corresponde a su género. En las diversas escenas dialogadas (discurso directo o dramático) y en algunos párrafos narrativos, el tiempo del discurso y el de la historia se igualan, como también sucede en otras ocasiones en las que la protagonista principal o (anti)heroína, realiza un sumario progresivo, adelantando en su mente la felicidad que le supondrá esa nueva vida que la libre de sus ataduras.

El espacio de las novelitas es diverso, en ocasiones abierto (paseos por Madrid e incluso París, símbolos de la libertad) y en otras cerrado, preferentemente urbano (la protagonista ha huido del pueblo a la búsqueda del cosmopolitismo) y realista, aunque las tres heroínas lo cubran con una pátina de fantasía y ensoñación ya proverbiales para nosotros.

Como sabemos, Mijail Bajtín define cronotopo a la conexión esencial que existe en una obra literaria (fundamentalmente las narrativas) entre las relaciones temporales y espaciales, concibiendo este concepto como una categoría de la forma y el contenido en la literatura. El movimiento argumental se articula desde un punto de partida (el estado de desesperación de la protagonista, a menudo) para llegar al momento culminante de toda la acción (en este caso, el fracaso de las pretensiones vitales de las protagonistas). Ambos instantes son, por tanto, términos del movimiento argumental, que actúan como costuras de una herida o como jambas abrazando toda la secuenciación de los relatos, que suceden en un espacio y tiempo concreto y variado. Espacio y tiempo son, por consiguiente, los centros organizadores, temáticos, de los principales acontecimientos argumentales de las cuatro narraciones, a las que llenan de vida. Porque todos los elementos abstractos de las novelas (lo que tienen de andamiaje conceptual) sólo adquieren cuerpo de realidad a través de la concreción de un tiempo y un espacio determinados y muy claramente delimitados en estas obras. Los espacios interiores descritos son un boceto de corte decadentista, por la morosidad descriptiva general y, en concreto, la de objetos provistos de una especial fuerza evocadora de lujos y exotismos diversos. El lector medio (la lectora) podía así penetrar y recorrer con su mirada los lujosos y espaciosos hogares de las clases altas, lo cual nunca ha estado exento de cierta —y acaso insana— curiosidad:

En el amplio gabinete (…) destacaba un lienzo al óleo con el retrato de Isabel, de cuerpo entero, en taje de baile, blanco, la cabeza descubierta y entra las manos un abanico de plumas.


El dormitorio, tibio, alfombrado con tapiz blanco y dibujo de rosas grandes, estaba suavemente embalsamado por la colonia, los jabones, las esencias delicadas de pomos y fras [ilegible] que llenaban el tocador. Frente a éste se alzaba un espejo de tres lunas, y en el centro de la estancia, que era holgada, aparecía el lecho, de hierro dorado y labrado preciosamente, con edredón de seda rosa y el embozo de la sábana bordado a la mayor perfección.


Estaba el dormitorio en el primer piso del hotel que, cerca del Obelisco, poseía en la castellana el despacho de don Alfonso, el comedor y tres salones más apenas habilitados desde que la familia del judío quedara reducida a él y su hija. Don Alfonso tenía también su alcoba en el piso principal, fronteriza a la de Isabel, y separadas ambas por un gabinete con mirador sobre el jardín. La servidumbre dormía en las habitaciones del segundo piso. Por la parte posterior del inmueble, donde estaba la cocina, había un palomar y un gallinero, y en pabellón aparte las cocheras. El jardín rodeaba la casa, estrecho por los costados, de regular espacio en el frente, con pabellón de portería a un lado y al otro un cenador. En medio del jardín, de bastante arbolado, había una fuente que representaba una niña vaciando su cántaro y que estaba cercado por un macizo de violetas circular. Media docena de escalones de piedra daban acceso a la puerta principal de la casa, que era de cristales de colores.
 


El espacio externo de las novelitas es, a menudo, el del Madrid (también París o Cannes) de la burguesía neosecular , con una ambientación urbana plena de referencias fastuosas y con matices de un esteticismo decadente y en cierto modo baudelairiano, en tanto que adición de perfumes, sonidos, colores y elementos de la naturaleza:


 La hora de la siesta. Es verano. Pica el sol: para resguardarse de su fuego están echadas las persianas y cerrados los balcones. Las macetas se abrasan. El canario, que ha tenido la suerte de ser trasladado á [sic] la penumbra, duerme en su caña. Reina en esta habitación, tan ordenada, tan limpia, el silencio de la siesta. Perfuman el aire rosas y claveles recién cortados, prisioneros en búcaros de cristal modernos colocados encima de una cómoda. Bríndase á la sed un fresco, panzado botijo de Alcorcón, envuelto en un paño mojado. 


A la luz de la luna o de las estrellas, iluminado y palpitante, con la fina aguja de la torre Eiffel dominando la ciudad como una flecha lanzada al azul, París justificaba ante los soñadores su apoteosis teatral que fascinaba desde lejos…


La suntuosa arboleda del Parque, el señorial aspecto de los viejos jardines, dorados por el sol septembrino, alegraron el ánimo de Dora, produciéndola [sic] una impresión gratísima.


La calzada aparecía rumorosa por el tropel de carretelas y troncos de lujo. Todos llevaban recogida la capota y aun la luz de la tarde permitía el no encender los faroles. Aquel desfile de ricos troncos —caballos magníficos, coches charolados, brillantes libreas—, aquel aspecto del vivir mundano y fastuoso (…)


Reintegrados al coche, los condujo por la calle Mayor para, cruzando nuevamente la Puerta del Sol, recorrer Alcalá, Recoletos y la Castellana. La animación de la más famosa vía madrileña, aun tiempo popular y aristocrática, y alegre como pocas grandes vías de Europa, gustó también a Dora. (…)

Desde Cibeles al Hipódromo encantáronse padre e hija con la hermosura de la amplia avenida bordeada de hoteles y elegantes edificios (…)


La descripción demorada que apreciamos en estas novelitas (tanto la de interiores aristocráticos o altoburgueses como las de espacios urbanos de la gran ciudad) coadyuvarán a la definición de las protagonistas y de otros personajes relevantes, en tanto que no son sino metáforas de estos, bosquejando así los retratos principales también mediante el recurso de la descriptio.

Cabría mencionar la repetición de personajes que se observa en dos de estas novelas (Eva Curiosa y La aventurera de los sueños), hecho que no impide la autonomía absoluta de ambas obras. Es este un recurso de cierta habitualidad en las narraciones de quiosco de la época —destacan los casos de Antonio de Hoyos y Álvaro de Retama —, planteándose dichas reiteraciones a modo de sencillo engarce diegético entre relatos (continuum).
Joaquín María Cruz Quintás

La dulzura de amar (1923): otra novela femenina de José Ortiz de Pinedo.


En esta novelita —cuyo título es bien revelador— de nuevo Ortiz de Pinedo plantea la cuestión de la ausencia de libertad (tan gravosa para la mujer española de la época) en el ámbito familiar. La figura del padre, si bien no será la de un tiranuelo doméstico (a la protagonista le puede, más que otro factor, el terrible respeto a la voluntad de su padre), sí que supondrá un muro de contención inabarcable para la consumación de los ideales amorosos —no podía ser de otra manera— por motivaciones ideológicas y de clase. La presión familiar hacia un matrimonio de conveniencia subyace a lo largo de toda la obrita, asumiendo una vereda literaria que es alumbrada en la obra del novelista francés Pierre de Marivaux, pasando ineludiblemente por Leandro Fernández de Moratín.

En esta obra, de nuevo la mujer protagonista (como en el caso de Dora en Eva curiosa) habita un mundo de idealidad que colisiona frontalmente con la racionalidad excesivamente práctica, egoísta o sencillamente elitista de su progenitor .

Una serie de casualidades propician el encuentro de ambos protagonistas, quienes habrán de sortear ciertas barreras sociales y, en el caso de Julián Uria, el rechazo que la acracia de su pensamiento le impone sobre aquel mundo de carretelas y hueras suntuosidades.

¿Qué era, en suma, aquella señorita, más que una rica heredera, la hija de un usurero enriquecido?

Pero también el sentimiento amoroso terminará sobreponiéndose al dictado de la ideología en el periodista republicano:

Lo que pasaba en el espíritu de Julián no es fácil decirlo, aun formalizadas las relaciones, aun desvelado muchas madrugadas por el recuerdo de Isabel, aun sintiendo por ella adoración creciente, admiración sin tasa, batallaba en su espíritu, rebelándose, el odio al prestigio aristocrático de su novia, el orgullo humillado por la diferencia de clase y, al propio tiempo también, el pudor de su pobreza, la vergüenza de verse levantado hasta la misma altura de la rica heredera por obra y gracia del amor.

De nuevo nuestro autor recurre a un sentimentalismo romanticoide, tan en la línea del gusto cursi pequeñoburgués, para transmitir la emoción del amado, después de haberse lamentado de la imposibilidad de su amor hacia la aristócrata por las diferencias sociales, a lo que Isabel de Guevara replicará, con esa liberalidad de la mujer pinediana que busca descorrer cualquier cerrojo social:

— Yo no veo esas diferencias que usted establece. Lo que sí observo es que es usted excesivamente modesto. ¿Quién lo dijera con la fama de terrible que goza?
— Pero junto a usted, toda mi audacia, toda mi fama se evapora, para dejar paso a un hombre acobardado, tímido, indeciso. Tiene usted la virtud de empequeñecerlo todo con su presencia. A su lado, nada puede tener la grandeza de usted.


Y continúa humillándose:

— ¡Y si viera usted cuánto he mortificado a mi orgullo o a mi vanidad de hombre, o a lo que sea! Sin esa grandeza, yo me hubiera acercado a usted desde el primer momento. Pero ello me ha contenido al mismo tiempo que me hacía sufrir, como le digo, el fracaso de mi inferioridad.

Y remata con un epítome a modo de panegírico:

Para acercarme a usted, para quererla a usted, yo hubiera preferido que fuese usted un poco menos buena, un poco menos hermosa, un poco menos sencilla.

Toda una declaración de vasallaje amoroso ante el idealismo de una mujer que parece semidivina, imagen entroncada con la de la amada perfecta que recibe los amores de un caballero trabajando en pos de la justicia. El amor cortés transportado a los años veinte del pasado siglo, persiguiendo un mismo objetivo: el gran público.

Pero hay un factor divergente en la misma radicalidad del planteamiento, y es que el periodista confiesa que (a diferencia de los caballeros del Medievo) su amor por Isabel está mermándole en su lucha hacia un nuevo modelo social. La mujer puede ejercer sobre el varón una fuerza tal que llegue a anular, o al menos atenuar, sus convicciones:

Si supieras, Isabel, que tu cariño va tornándome débil. Desde que te conozco, tu sola presencia, cuanto más te trato, obra el milagro de restar fuerza a mi fuerza, de aconsejarme templanza, de anular mi acometividad. Y esto me disgusta. Quisiera verme a mí mismo como antes, como siempre, dispuesto a toda violencia.

Y el luchador libertario se tornará ahora casi neoplatónico, a juzgar por las siguientes y edulcoradas palabras:

Es decir, que si tu cariño le hace bien a mi alma, le hace un mal a mi lucha. La felicidad que me das, parece que me quita la esperanza en mi triunfo.

La respuesta de Isabel viene a redundar un poco más en este estilo almibarado:

—Pues te querré un poquito menos –repuso Isabel dulcemente— para que tu esperanza no padezca, para que no flaquee tu ideal.

De otra parte, la religiosidad de la mujer en las novelitas de Ortiz de Pinedo se hace palmaria a menudo, y de manera muy significativa en doña Isabel de Guevara:

Minutos después de las ocho despertaba Isabel. Luego de signarse y decir su oración de la mañana, comenzó a vestirse. […]


¡Dios lo quiere!— murmuró suspirando al abandonar el despacho de su padre para dirigirse a su gabinete.

A su amado:

—Nos despediremos junto a la ermita, ¿te parece? – Y añadió temblorosa—: para que Dios te dé suerte y te haga feliz. (…)
—Para que te haga a ti, que mejor lo mereces, santita. […]


No salía de casa como no fuese para ir a misa.


A su padre, tras la frustración amorosa, renunciando a la vida mundana:


¿Te parece que instalemos un oratorio en casa?
(…)
Algunos domingos tengo pereza de salir. (…) Un capellán amigo vendría tempranito a decir la misa.


Cuando su padre le da la noticia de que Uría ha abandonado la prisión:


Isabel, que leía un libro religioso, sentada junto al tocador, levantó la mirada hacia su padre.

Esta tendencia espiritual de la mujer frente a la del varón (que en unos casos es más comedido es sus manifestaciones religiosas externas, y en otras directamente descreído o postulante de ideologías materialistas) entronca con el retrato de lo femenino como fuente de idealidad (en el sentido platónico del concepto), aplicada a todos los órdenes de la existencia humana .

En este sentido, el relato alcanza un clímax de máxima tensión religiosa cuando doña Isabel de Guevara decide, al no poder consumarse su noviazgo con el periodista ácrata, que la mejor decisión es la de macerarse o sumergirse en las aguas purificadoras de la religión. Hasta el punto de renunciar aun a las preocupaciones mundanas, en una suerte de beatus ille horaciano a lo divino.

La actitud de la protagonista provocará la desesperación de su padre viudo, que considera que esa es una forma cruel de perder para siempre a su hija. Pero a esta situación se ha llegado como consecuencia de una premisa medular: la incapacidad moral de la hija de tomar una decisión que ofenda a su padre, a quien respeta con reverencia. Así, la mujer aparece como un miembro familiar que aboga siempre por la concordia y la estabilidad, renunciando incluso a sus reivindicaciones en el caso de que estas no sean del agrado del cabeza de familia. Esa actitud de búsqueda del equilibrio familiar es frontalmente contraria a la del amado, que tiene en la lucha y la discordia una máxima de su pensamiento.

Se oponía con todo el tesón que dejaban traslucir siempre sus pocas palabras [de su padre]. Se oponía… Y ella no se encontraba con fuerzas para desobedecer a su padre, para contrariar su voluntad. Si se tratase de otra clase de obstáculos, hasta de luchar contra la sociedad entera por defender aquel amor, no vacilaría. (…) Pero contra su padre… Contra su padre, aunque creyese vencer, no dirigiría sus armas. Prohibíaselo su amor de hija, la educación cristiana que había recibido, la ciega obediencia debida al autor de sus días.

De modo que la protagonista se nos revela aquí como una Madonna dell’ annunciazione que acata los pensamientos de su Dios –el “autor de sus días”—, o al menos no los contraría (en tanto que tampoco se casará con el duquesito de Alcázar, el preferido de don Alfonso).

La mujer es, en consecuencia, un ser especialmente celoso de sus obligaciones cuya reciedumbre espiritual se ve reflejada en el cumplimiento de su ineludible deber filial. Pero esta actitud no es en absoluto barata, y el peaje que la mujer paga por ella es alto, aunque sigiloso, discreto y recatado:

Y lloraba, lloraba… Era su llanto sereno, silencioso. Cubriéndose los ojos con el pañuelo, apoyado el codo en el brazo de la butaca, iba dando suelta a su dolor como fuente que mana sin tregua. En los cristales golpeaba fuertemente la lluvia, espesándose en amplia cortina bajo el cielo gris. Parecía que la tristeza del invierno venía a aumentar la congoja de su alma, y que el despertar frío y melancólico de diciembre presagiaba a la pobre enamorada muchos días negros, muchas horas amargas .

Asistimos en definitiva a una lucha encarnizada de la sentimentalidad de la mujer, de la hija (guiada eminentemente por sus pulsiones emocionales), frente al exceso de pragmatismo e interés de clase –materialismo social— del varón, del padre.

 Mas el corazón de la enamorada rebelábase contra lo que consideraba una injusticia. ¿Por qué cerrar las puertas del corazón al amor, so pretexto de que el galán no reunía las condiciones que exigían los prejuicios de clase? Por primera vez, la vida, que era para ella tan dulce y tan blanda, mostrábale, como su padre, el ceño duro. Por primera vez sentía extenderse sobre el alma la sombra de una tristeza.

La ablación del libre albedrío de la mujer, derivado del ejercicio autoritario de la paternidad, deviene en un estado de desengaño para ella, que —amén de perder todo afán por la vida terrenal y sus delectaciones— llega a manifestarle a su amado un sentimiento de culpa; no sólo sufre la presión familiar y social, sino que ha de disculparse por ello, situación tan femenina en un marco sociocultural aún extraordinariamente falocrático.

Y le pedía perdón… Le pedía perdón por sacrificar su amor de mujer a su amor de hija.

La reacción del periodista ante las palabras de doña Isabel goza del máximo interés en tanto que manifiesta la poderosa influencia de la mujer amada sobre el varón, hacia quien parece haber volcado su capacidad de comprensión, bondad y sentimiento religioso, aunque este último trasmutado en una piedad mundana hacia la mujer que no puede consumar su amor, una religio amoris de lazos provenzales que le permite venerar, incluso adorar, a quien tiene ante sus ojos.

El patetismo efectista de la despedida de los enamorados —fatal en tanto que presagiada— acaso hiciera brotar las lágrimas de los lectores de mesa camilla de la época, máxime por la pátina edulcorada de lenguaje redicho con que el narrador cubre la escena.

Hemos llegado al último capítulo de una historia harto dichosa, tal vez por eso, breve. La aventura acaba… ¿Cómo era posible que no acabase así? Tú te vuelves a tu mundo: yo al mío. Nos juntó el azar y la vida nos separa… ¡Qué hemos de hacerle!... Cosas de este ambiente miserable. Después de este sueño feliz no tengo más que darte las gracias. ¡Me has hecho tanto bien en este tiempo! Tú sí que serás en mi vida un recuerdo imborrable: la gota de miel que en medio de las amarguras de mi lucha, estará siempre en mis labios. Tu alma clara, tu alma limpia como un espejo, y que como un espejo refleja la verdad que tiene delante, me servirá perennemente de guía, invitándome a ser justo y a ser bueno.

Y continúa con aires posrománticos o becquerianos:

¡Por esta alma tuya tan dulce, no sé yo qué te diera ni qué hubiera dado!

Pero hasta el ácrata periodista se mostrará extraordinariamente comprensivo y sereno ante la decisión de doña Isabel (la autoridad es inviolable en algunos casos, parece colegirse), afirmando incluso que su amada será acicate para su pelea, emulando a los caballeros andantes del Medievo:

Comprendo y respeto las razones que te obligan a obedecer a tu padre. Yo seguiré luchando más ardientemente que nunca… acaso por perderte… (…) Si triunfo, a tu amor lo deberé… Si me cuesta (…) el combate, creeré que la memoria de tu cariño es el pago de mi sacrificio .

Doña Isabel irá evolucionando desde una religiosidad inocua hacia un supuesto ascetismo negacionista y espartano que llega a horrorizar al padre, porque piensa, en su egoísmo desmedido, que aquella actitud supondrá la pérdida total de su hija, un remedio mucho peor que esa enfermedad de amores libertarios. El padre siente pavor ante la soledad, y ese egoísmo paterno se confronta de manera meridiana con la liberalidad, entrega y capacidad de sacrificio de su hija —de la mujer—, siempre dispuesta a su propia oblación en beneficio de la comunidad familiar.

Digamos que la relación con su hija ha ido derivando hacia una suerte de amo et odio, acusándola de la situación, mientras que ella había perdido “la amorosa solicitud de antes”, aunque su trato fuera muy correcto, sin alterar el orden vigente. Todo esto irá engendrando en el padre una desazón interior que irá acumulándose hasta que ese dolor de don Alfonso —que no soporta más la sumisión inhumana de su hija— haga, finalmente, crisis:

¡Pues sacrifícate! ¡Sigue sacrificándote! ¡Hártate de sacrificio!

La asfixiante situación familiar que vive la mujer, al no haber encontrado una vía satisfactoria de escape, hará que se resquebrajen los cimientos de la convivencia entre padre e hija. Ella, sólo buscará ya consuelo en la esperanza de otro mundo, ulterior a la esta vida terrena en la que permanecía presa y sin confortación posible.


Joaquín María Cruz Quintás

Oclocracia jaenesa


No hace mucho que una excelsa miembra de la política española afirmaba aquello de que “el dinero público no es de nadie”. Y hace un poquito más, un hombre griego llamado Aristóteles otorgaba el nombre de oclocracia (ὀχλοκρατία, “gobierno de la muchedumbre”) a uno de los tres tipos de degeneración de las formas puras de gobernanza. Luego, veintidós centurias más tarde, en el siglo de la luces, Rousseau, –en El contrato social- definió la oclocracia como el falseamiento de la voluntad general en beneficio de cualquier interés particular. De lo cual cabe deducirse que seguramente debamos plantearnos cuál es, en puridad, el sistema político en el que cohabitamos.

Podríamos mostrar un buen número de ejemplos a nivel nacional, pero hoy prefiero pecar de localista refiriéndome a dos escándalos de diferente cariz y magnitud ocurridos en la ciudad de Jaén.

Acabo de leer en la prensa que un tercio de los trabajadores de Onda Jaén (la televisión municipal) serán recolocados en diferentes áreas del ayuntamiento ante la reestructuración que de la misma está realizando el equipo de gobierno. Desde luego, el procedimiento del manotazo en la nuca siempre ha sido destacado como el menos gravoso a la hora de ingresar como funcionario en la Administración pública, porque indudablemente es ahorrativo en esfuerzo intelectual (te exime de preparar oposiciones, lo cual está muy bien pensado, porque se pone uno blanco de no darle el sol), amén de que evita el afán desmedido e inhumano de competitividad que provoca que dejemos de mirarnos unos a otros como hermanos, y sí que lo hagamos como enemigos. En todos estos argumentos pensó, estoy seguro, el Partido Popular de Jaén cuando creó su tele pública (admítanme el oxímoron), pero no sólo en ellos. Además, considerando en alta estima el valor de la amistad y los lazos inquebrantables que hacen de la familia la célula madre de la sociedad, procuró que entre esos nuevos trabajadores a sueldo de los impuestos de sus paisanos figuraran principalmente individuos sentimental o sanguíneamente emparentados con algún politiquillo, y, en un último esfuerzo de generosidad, los exoneraron de presentar el papelucho de licenciado en periodismo, para mostrarles a las claras que la prioridad del ayuntamiento era, única y sencillamente, aliviar las filas del paro jaenés. Ahora que no los pueden echar (lo cual sería injusto en muchos casos dada su apabullante preparación intelectual) el actual equipo de gobierno socialista los recoloca con provecho de su valía en otros menesteres medularmente distintos.

El otro caso al que me quería referir nos trae a todos los paisanitos por la calle de la Amargura, que es una de las cofradías que tendrán que cambiar su itinerario por exceso de vallas, este año, y de cables, el que viene: el tranvía o tren de la bruja, como lo llaman –con toda su idea- los que son malos de verdad. El caprichito de la alcaldesa (o de la Junta) socialista, que tiene un presupuesto de unos diecisiete mil millones de pesetas (es decir, el equivalente a ocho estadios como el de La Victoria, con capacidad para doce mil quinientos espectadores –podrían haber convertido a Jaén en ciudad olímpica y todo-, o a la remodelación integral –acerado, calzada, mobiliario urbano- de doscientas plazas públicas de la ciudad como la de Coca de la Piñera) supone el más vergonzoso despilfarro infraestructural que se haya realizado en la ciudad de Jaén probablemente en toda su historia, fundamentalmente porque este proyecto no responde a ninguna demanda ciudadana, porque el trazado elegido deja prácticamente inutilizada para el tráfico la principal vía de la ciudad desde el siglo XIX -el Paseo de la Estación-, porque reduce la acera en algunas calles convirtiéndolas en pueblerinas, porque se lleva por delante a un número escandaloso de árboles de gran porte, y porque, en una ciudad con las características de Jaén, su componente meramente exótico será muy superior al de su utilidad práctica. Si pretendían un transporte público no contaminante, ¿cómo es que no pensaron adquirir microbuses urbanos propulsados por electricidad? ¿O quizá sea sencillamente que CAF-Santana, cuya principal accionista es la Junta de Andalucía y que viene suministrando trenes urbanos a toda la región, no los fabrica, y por tanto no habría chollo posible para seguir ejerciendo de salvaempresas?

Para mantener en pie la oclocracia, afirmaba Rousseau, se hace imperativa la “acción demagógica”, una aleación de demagogia y mentira descarada que arroja sus tentáculos sobre la base de la ignorancia de una mayoría social. La alcaldesa, protegida de Zarrías, y por tanto convencida seguramente de que el tamaño no importa, ha afirmado muy ufana que por cada árbol que se tale (muchos con varias décadas de vida) se plantarán cinco. Cinco mondadientes con hojas, claro. O quizá cinco brotes verdes. Pero a eso, más que demagogia, habría que llamarlo tener la cara igualita que la del Santo dos Croques.

Joaquín María Cruz Quintás

Eva Curiosa o la mujer ávida de escapismo en la obra de Ortiz de Pinedo


En artículos anteriores nos hemos referido a la vida y andanzas de José Ortiz de Pinedo (1880-1959), escritor nacido en Jaén que desarrolló su vida literaria en Madrid. En el presente vamos a analizar una novelita, Eva Curiosa, publicada en la colección Los Contemporáneos, en Madrid, el 20 de mayo de 1920.

Comienza esta obra con la narración y descripción de una escena del mayor tipismo y marcada feminidad: El personaje principal, la joven Dora, una muchacha de familia acomodada, toma el tren que la llevará desde Sombroso, el pueblo donde reside, a tierras lejanas, mientras sus amigas repiten despedidas muy sentidas, «adioses y sonrisas, agitando ya el abanico, ya la sombrilla cerrada, ya la mano,…» Así, desde los albores del relato, percibimos la sensación de tener en nuestras manos una obra destinada preferentemente al público femenino, muy en la línea de lo que venía siendo la producción literaria enmarcada en el ámbito de lo rosa, a la que nos hemos referido por extenso.

Muy pronto la protagonista se nos revelará como el prototipo de la mujer burguesa que habita un espacio familiar asfixiante para ella, con la figura de un padre (y de una madre, ya difunta) contra cuya mentalidad cerrada tendrá que pugnar de manera sistemática y continua.

Don Benito se revela así como un varón de doble moral: de natural tacaño, no accede, aunque puede, a comprar unos billetes de primera clase (viajan en segunda) y, para justificarse, recurre al argumento evangélico —y aquí muy contradictoriamente farisaico— de la inconveniencia de toda ostentación. Es la primera señal que se nos proporciona sobre una cierta mezquindad en la familia de la protagonista quien –como subraya el autor al aducir este dato sobre el padre justo antes de indicar que Dora viajaba «en camino de sus deseos» parece buscar nuevas rutas que la liberen de una vida incómoda en Sombroso: «Ahí te quedas (…) pueblo feo, aburrido, antipático…» . He aquí la mujer como espíritu libre que proyecta sus ilusiones hacia la libertad de un mundo desconocido, pero a buen seguro alejado de la ramplonería insustancial y obtusa de las gentes del pueblo, tan planas, tan cicateras, tan tacañas. Las circunstancias que nos presenta nuestro autor eran habituales en los años de publicación de esta novela, dado que, como es sabido, la sociedad rural no ofrecía ninguna oportunidad a las mujeres —a la dureza de las condiciones del trabajo había que sumar el yugo de una sociedad patriarcal en la que la preeminencia del varón era incontestable— , quienes sólo vislumbraban una posible fuga de su situación en una escapada hacia no se sabe qué caminos inciertos, pero alejados de «la cárcel de tedio de la vetusta ciudad» .

Dora soñaba desde aquel pequeño rincón del mundo… con el resto del Universo. Leía novelas, libros de viajes, aventuras e historias; miraba y remiraba un gran álbum, con fotografías de las principales ciudades del mundo, que su padre conservaba, y ante un globo terrestre que don Benito tenía en el despacho dejaba vagar la imaginación (…) París, Berlín, Viena, Roma,…

Queda clara la influencia del escapismo romántico en la protagonista, quien llega a firmar que Sombroso no existe, que es un no-lugar: por tanto, vivir en Sombroso significa no vivir, vivir en la nada, en el abismo, en las tinieblas.

Igualmente, la protagonista del relato refleja ese sentimiento de impotencia ante la sobreprotección que los padres ejercen sobre sus vástagos mujeres, motivada por un rechazo frontal a todo lo desconocido, especialmente la gran ciudad, fantaseada por su ya difunta madre como una suerte de Sodoma o Gomorra contemporánea, por supuesto sin excesivo fundamento argumental:

¿Qué falta te hace a ti el ir a Madrid, ni a ninguna parte? ¿No tienes aquí todo lo necesario para vivir y ser feliz? Como tú, aquí he nacido yo; y para vivir a gusto, casarme y ser dichosa, no he tenido necesidad de moverme del pueblo. Conque, aprende de tu madre.

 Una vez en Madrid, la protagonista sigue siendo víctima de la mentalidad cerrada de su acaudalado padre, en tanto que este no osa hospedarse en un hotel, sino en una fonda que le han recomendado en el pueblo. La descripción física de la propietaria, a caballo entre una novela romántica de terror y el feísmo naturalista, contribuye a crear en el lector, de manera plástica, la sensación de encontrarse en un verdadero antro, imagen atenuada sin embargo por la dulzura de la mujer:

Era la dueña del hostal una doña Elvira, vieja y pintarrajeada, con muchos postizos en la cabeza. Alta y un tanto hombruna, contrastaba su aspecto exterior con la melosidad de su voz y la dulzura de su carácter, tocado de un romanticismo agudo. Según ella, había equivocado el siglo. Debía haber nacido en el diecisiete.

Aquella mujer representa de nuevo el arquetipo de la frustración femenina. En este caso, un amor de juventud malogrado (aunque no cicatrizado) tras el engaño sistemático del varón. Doña Elvira es, al cabo, una pobre mujer que, casada ahora con un tal don Jerónimo, vive aún suspirando por ese amor tan lejano cuyos engaños hoy ya no recuerda.

 Pinedo recurre al humor como medio para atemperar el ambiente negativo que se está describiendo desde el inicio. Así, este recurso está presente en las etopeyas sobre los dueños de la fonda, quienes, en su interés extremo por agradar a sus huéspedes, volcarán sobre el pueblo de Sombroso alabanzas sin cuento, aunque no tuvieran la menor noticia sobre aquella población.

 El narrador nos cuenta que don Jerónimo es «un alma de Dios y hombre de excesiva y abrumadora cortesía» que no duda en cuadrarse para saludar, secuela de su pasado en el ejército. Mantiene con su mujer una relación simpática o, si se quiere, un tanto absurda, dado que ella no está enamorada de él , pero la mujer está completamente segura de que su marido sí, lo que hace que se afane en mantener su (ya de por sí bochornoso) tipo.

En cierta ocasión que se pesó, acusando la báscula noventa kilos, dijo a don Jerónimo, sonriéndole: —No quiero engordar más, porque temo dejar de ser tu tipo.

Las diferencias de mentalidad entre el carácter abierto de la joven hija y el del padre vuelven a hacerse explícitas en la opuesta valoración que hacen de las gentes extranjeras:

— (…) Veo, sin embargo, caras extrañas, extranjeros que la guerra ha echado aquí para explotarnos o para adherirse como parásitos.
— Y también para enseñarnos lo que no sabemos, papá. Sin la ingerencia de esas caras extrañas en nuestros negocios, seguiría España arrastrada por el tranvía de mulas que tú conociste. Pero no quiero hablar así, porque temo caer en marisabidilla antigua o en feminista de ahora, que es peor.

Dora se muestra aquí crítica, a pesar de su postura abierta, con los excesos progresistas, de los que parece tener un concepto similar al de los tradicionalistas o meramente reaccionarios.

La protagonista es el prototipo de mujer de acción, que busca ante todo la inquietud de la gran urbe, de lo desconocido, que exclama «esto ya es vida» cuando pasea por la Castellana entre automóviles, manuelas, simones y tranvías. Y la de una mujer de gran sensibilidad social, como se demuestra cuando se entristece profundamente al pasar al lado de un asilo de niños sordomudos. Su conmoción al ver aquella imagen, que se expresa en las palabras de la protagonista—notablemente cursis, por otra parte, como se apreciará— se relaciona directamente con la capacidad de empatía que muestra Dora ante los niños que no pueden oír, que han de permanecer al margen del ruido, de la acción, que es, en definitiva, lo que más atrae a la protagonista. La blandura (tan cara a la mujer lectora de mesa camilla de la época) con la que Dora expresa este sentimiento se refleja en el siguiente párrafo:

¡Qué pena tan grande!... No oír, no hablar… Cuando precisamente el ruido es lo que más atrae y encanta a los niños… Jugando, parece que el ruido los emborracha… ¡Qué pena! Y cuantos pobrecitos habrá ahí… Yo me los figuro queriendo gritar: “¡Mamá!... ¡Madre!...”, sin que sus labios puedan pronunciar las dulces palabras.

La sensibilidad que muestra la protagonista hacia los favorecidos es, como se manifiesta en el relato, similar a la que, en un plano meramente intelectual, expresa su padre hacia la figura de republicano Castelar, ante cuya estatua arroja subidos elogios. Este hecho nos hace pensar que el relato refleja una realidad marcada por los estereotipos sexuales: el varón se interesa por la política, por los asuntos de Estado (que podríamos calificar como más prosaicos), mientras que la mujer lo hace por aspectos de la vida más ligados con el noble sentimiento de la caridad y, como veremos más adelante, con la expresión artística .

 La sensiblería —entreverada de expresiones cursis— que profiere Dora se repetirá en más ocasiones a lo largo del relato, signo inequívoco de la proyección comercial del texto: «Esto es muy hermoso, papá. Ensancha el alma…»

Ese permanente interés por lo artístico al que acabamos de aludir (en tanto que factor emocional —al margen, o por encima, de la racionalidad—) ha de vincularse también con un estado de permanente fantaseo: La protagonista, siempre sonriendo, parece vivir envuelta en una cápsula de felicidad antípoda de la vida rural. Pero Dora peca en exceso de idealismo, lo que le acarreará sin duda problemas no menores. La joven mujer del relato necesita, en el fondo, ese contrapunto de pragmatismo que aquí representa el varón maduro, aunque el posicionamiento de su padre siga resultando excesivamente rocoso o escasamente liberal.

El hecho de no saber posar los pies en el suelo por su permanente afán de ideal hace de la mujer protagonista un ser muy vulnerable ante el varón oportunista que usa del embeleco y el trampantojo amoroso o sensiblero para captar la atención de sus víctimas y parasitarlas sin escrúpulo.

 El concepto de provecho —a costa de los demás, evidentemente— es el factor medular en el pensamiento de este gran pícaro que es el personaje de Leopoldo Farfán. Pinedo quiere describirnos en este capítulo la figura de un vividor con mayúsculas, tan habituales a buen seguro en aquel Madrid de las primeras décadas del siglo. La argucia como herramienta de trabajo, la huida de este como medio de vida, la buena vida de parásito social.

 Pero Farfán viene a representar, al menos ante los ojos de Dora (no ante los de los lectores, que desconfían ya plenamente de la actitud del pícaro) un contrapunto al arquetipo del varón común, alejado como norma general de esta tipología sentimental que presenta el susodicho. Ese será el germen de su progresiva atracción hacia él. De hecho, la inicial antipatía que despertaba en Dora fue mudando a medida que Farfán ganaba su voluntad hablándole de arte, de emociones y de lejanías geográficas. Dora está —es evidente— ávida de vida, pero de Vida con mayúscula, y ve en Farfán una cierta senda para su escapismo .

El pícaro, que conoce este punto, despliega todas sus dotes dialécticas para envolver a la mujer en su mentira . Pero el objetivo del embuste resultará ser doble. Por un lado, la ganancia económica; por otro, la mano de Dora, pero subordinada al dinero . Vuelve a observarse cómo el varón (aunque para Dora parezca lo contrario) supedita el sentimiento al pragmatismo, porque el interés por la ingenua Dora se dirige fundamentalmente hacia la fortuna heredada de su madre.

Su fino olfato de buceador de espíritus y faltriqueras había descubierto dos tesoros en los viajeros de Sombroso: la fortuna de Dora y su sed de emoción.

Todos los pretendientes anteriores de Dora habían sido demasiado rústicos, hombres del campo, aunque acomodados, «de palabra tosca y torpe estilo» , por lo que leer una carta de amor con intención literaria (si bien de una afectación almibarada) dirigida a ella le supuso una muy agradable novedad, atraída como estaba por «el aroma de aventura, por el perfume de cosmopolitismo que Farfán sabía poner en sus diálogos con ella» . Todo a pesar de que su razón le dictaba otra realidad bien distinta, pero de nuevo se manifiesta la prevalencia de la emoción sobre la racionalidad en la mujer, en una postura antiilustrada que bebe, es indudable, del no muy lejano romanticismo, corriente de gran predicamento entre las lectoras.

Dora nos recuerda, de manera bien evidente, al personaje de Madame Bovary. Así, leemos que buscaba:

Ir en pos del grano de sal o la gota de miel de lo desconocido, que en sus ensueños y lecturas de Sombroso ofrecíasele tentador.

Se asimila a la novela de Flaubert en el (en este caso frustrado) matrimonio con mujeres acaudaladas , en cómo Emma, en Madame Bovary, se cansa de un estilo de vida, el de su relación matrimonial, monótono para ella. La promesa que en la obra francesa le hace su amante de escaparse con ella se frustra, mientras que Emma Bovary se caracteriza por su enorme afán de derroche y sus continuos caprichos que, en este caso, incluso llevarán a la bancarrota a su marido legal. También hay suicidio de por medio, como sabemos, en Madame Bovary, aunque el de Farfán en Eva Curiosa no pase de ser un acto teatral lamentable . Finalmente, en ambas obras hay un estado de frustración constante que, en el caso de Emma, la lleva a la certidumbre de que sus aventuras adúlteras no han hecho sino acrecentar su malestar interior, su sentimiento de hastío.

Pero, mientras que Emma sí se había atrevido a dar un paso adelante —en dos ocasiones— hacia una aventura que la manumitiera de su estado de postración, Dora, en cambio, no se decide a dar ese paso. Ella ve con nitidez en sus fantasías el camino que habría de seguir para conseguir la deseada liberación, pero a la hora de romper el hielo en la vida real se lo piensa muy mucho.

En sueños era capaz de seguirle, de unir su vida a la suya. En la realidad, con los ojos abiertos, la asustaba .

Y a continuación leemos:

un hombre que le infundía miedo… el miedo de lo desconocido, precisamente de aquello que le atraía con misteriosa fuerza.

Lo cual vendría a suponer una suerte de trasunto invertido de las palabras que el ciego amo de Lázaro le dedica a su mozo después de lesionarle la cabeza con la jarra de vino: «¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud».

El conflicto entre sueño y realidad, germen y médula de toda la obrita, se nos expresa aquí de manera muy nítida, acaso —pensaremos— en exceso, si no tenemos presente que se trata de una obra eminentemente comercial. La protagonista principal se ha venido revelando, en definitiva, como una mujer-niña, inmadura, lo suficientemente consentida como para no poder enfrentarse a la lidia de la vida, en toda su complejidad.


Joaquín María Cruz Quintás

Retazos de fraseología y léxico jaenés (XVII)

- Ea: Interjección procedente de la voz latina eia, ea es el vocablo comodín por excelencia en el habla jaenesa. El diccionario de la RAE indica que se emplea para indicar una resolución de la voluntad, así como para animar o incitar a algo, si bien en un diccionario exclusivamente giennense habría que afirmar que es voz que sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Así, en Jaén se usa ea, al margen de lo indicado, como equivalente a , porque sí, porque no, qué le vamos a hacer, eso es lo que hay, no sé los motivos con certeza, hala o bueno (justo antes de despedirse), es lo que pasa, está claro, estoy de acuerdo y un casi infinito etcétera.

- Habichuela, habicholón: Con este vocablo, empleado habitualmente para designar a la legumbre papilionácea (esto es, con forma de mariposa) de color blanquecino, se designa en el habla popular de Jaén al pie humano, fundamentalmente si este es de proporciones considerables: La Virgen, nene, qué habicholón tiene ya tu chiquillo, cuchi, cuchi ahí...

 Joaquín María Cruz Quintás 

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