JOAQUÍN MARÍA CRUZ QUINTÁS (Jaén, 1981) es licenciado en Filología Hispánica por la UJA. Doctorando en posesión del Diploma de estudios avanzados (DEA), otorgado por las Universidades de Jaén y Granada, dentro del Programa interuniversitario de doctorado El Veintisiete desde hoy en la literatura española e hispanoamericana (La Edad de Plata). Profesor de Lengua castellana y Literatura y Latín en el I.E.S. Ruradia (Rus, Jaén).

Popular María-Visión


Hace unos días me topé en el televisor con la reinvención de la cadena de la Conferencia episcopal española, Popular TV. Había leído en prensa la noticia del cambio de nombre y de formato,  y he de reconocer que mi primera reacción fue de estupor. “María-Visión… ¡Vaya, vaya!”

Verdaderamente siempre consideré un logro no exento de virtudes épicas poder disminuir la calidad de la programación de aquella cadena generalista, habitualmente cursi, ayuna de intuición estética, rancia en su ausencia de innovación y dinamismo y, desde el punto de vista intelectual, más bien pobre. En definitiva, Popular TV siempre me pareció un canal rayano en el ridículo y esencialmente desfasado. Pero lo de la coletilla de “Maria-Visión” y el hecho de haber convertido su parrilla en un contenedor lleno de abuelas rezando el rosario la ha convertido definitivamente en una televisión de carcajada y golpes en la mesa.

Realmente desconozco si lo de “María” se refiere al tipo de estupefaciente del que seguramente se atiborre a menudo el autor de tal proyecto, o bien sea el nombre de la muchachita —pava y pija a manos llenas— que el otro día presentaba un programa en la sobremesa sobre cómo debíamos ir vestidos a la comunión de nuestra sobrina, incluyendo detalles sobre posibles combinaciones. Mi mujer y yo —en silencio y con los ojos como platos, iniciando levemente una sonrisa— nos miramos con incredulidad. Y callamos, sin encontrar en nuestro vocabulario nada adecuado para nombrar aquella realidad.

Si no fuera pecado, posiblemente al autor de tal aberración televisiva (vergüenza para los católicos españoles) habría que darle su merecido. Aunque fuera a modo de pellizco de monja.

Joaquín María Cruz Quintás 

Demoliciones

La archiconocida referencia funeraria a Montesquieu que en su momento realizó el instaurador en España del insulto parlamentario ha servido frecuentemente para criticar la enfermedad de un sistema en el que el espíritu de las leyes no representa sino el ensueño de una verdad inexistente, alterada y alabeada hasta la deformidad de unas leyes carentes de espíritu. Puro materialismo. Hez sólo.

El desprecio al pensador que propugnó la separación de poderes en el Estado no representa sino la tragedia del desprecio por un sistema de garantías que priorice el ejercicio del raciocinio y la praxis ética en contraposición a las lúgubres tentaciones del proverbio: Pro domo sua. Es, en definitiva, el proceso controlado –sigiloso– de demolición de la Razón como piedra angular del progreso de Occidente. Convirtiéndola, eso sí, en Ser Supremo, pero amarrándola a la columna del látigo farisaico. Idolatría de la Razón e hipocresía devienen en materialismo y muerte.

En la arrolladora instauración de este régimen, abiertamente sensual (los sentidos nos engañan, afirma Platón) pero de bodegas esquilmadas, se celebran las exequias del menos común de los sentidos. Una vez muerto este, encontraremos con facilidad el camino hacia el abismo, guiados por una suerte de heraldos mesiánicos o falsos profetas ávidos de reinventar en pocos años una civilización varias veces milenaria y de inhumar la podredumbre de la tradición.

El artificio para la consecución de sus logros es verdaderamente complejo, pero se cimienta en la contaminación de la episteme y del derecho por el sentimentalismo, siempre vinculado a lábiles nociones de progreso, libertad, solidaridad o igualdad. ¿Quién se puede oponer a ideales semejantes?

El presocrático Anaxágoras aseguraba que la razón todo lo penetra. Pero cuando viene a contravenir intereses alejados de ella –de la verdad, por tanto— los falsos profetas necesitan dinamizar otros procedimientos que capturen el entendimiento del ciudadano. Y ahí es cuando la maquinaria de lavado cerebral comienza a ejercitar sus tentáculos babeantes, y no cejará en un empeño que tiene como meta la victoria del bienestar por encima de cualquier otro valor. Esto es: La destrucción del hombre y de la sociedad civilizada. 

Joaquín María Cruz Quintás.

Ritmillos zetapariles

Zetaparo, José Luis (el argentinizador, el hundidor del país, el demagogo fetén, discreto rey del embuste — mentiroso compulsivo— parlamentario sin lustre, villano o loco, no sé) se ha sacado de la manga —cual trilero, con destreza— un aserto peregrino, generoso en su vileza. Lo que ha dicho el Maquiavelo (como lo llama la prensa), a pesar de que en el suelo los números languidezcan, es que habrá renacimiento para las próximas fechas. Y su rostro de cemento, impasible, ¡igual!, se queda.

Quizá sea que iniciemos de nuevo el Siglo de Oro, aunque parezca que vamos directos al inodoro —quiero decir que semeja que el país se va a la mierda—. ¡Siglo áureo de esplendores! También de la picaresca: una cosa parecida a lo que ocurre en España. Aunque con la diferencia que es el de arriba el que engaña.

Joaquín María Cruz Quintás

Retazos de fraseología y léxico jaenés (XXIV)


- Fritico: Con esta forma del diminutivo de frito, es muy habitual en Jaén referirse a la persona (especialmente si es párvulo o bebé) que se ha quedado profundamente dormida: Cuchi tu chiquillo, se ha quedado fritico, cuchi, cuchi ahí... Ya hemos apuntado en artículos anteriores que el diminutivo en –ico se emplea en estas tierras para expresar bienestar, cariño, simpatía o similares: a gustico, calentico, bonico, etc. Por otra parte, el adjetivo frito –sin diminutivo- también se utiliza para nombrar a la persona o animal que ha perdido la vida: Lo pilló un coche y se quedó frito allí mismo.
  
- Guarnío (guarnido): Participio del verbo guarnir (dotar, proveer, equipar), se emplea para expresar el extremado cansancio físico: La Virgen, nene, no puedo más. Estoy guarnío.

Joaquín María Cruz Quintás 

Ritos

No son pocos los que acostumbran a definir los ritos, sean cuales sean sus motivaciones, como mera “parafernalia”. Y lo suelen hacer con una autosuficiencia y altanería autocomplaciente, sabedores quienes lo afirman de que se encuentran en un estadio superior del progreso del ser humano, superador de antiguallas sin valor alguno. Pero convendría aquí ser menos ligeros de pensamiento, algo más cultivados de espíritu e inteligencia y, ya de paso, intentar disimular por todos los medios la falta de generosidad con que Naturaleza dotó a los tales, porque ya se sabe que “lo que no da Naturaleza, ni Salamanca ni Baeza.” 

A esta forma de progreso en cierto modo materialista o meramente iclonoclasta ni siquiera se sustrajo la Iglesia católica, que, tras el Concilio Vaticano II, despojó de belleza sus liturgias y sustituyó la profunda perfección de Juan Sebastián Bach o la delicadeza de un Francisco Guerrero por la estupidez musical de unas guitarras maltratadas por parroquianos vestidos con camisa de leñador. Generalmente. Y así, aun hoy, bajo las bóvedas góticas, renacentistas o barrocas de nuestras iglesias se siguen escuchando canciones perfectamente ridículas, extremadamente cursis, más propias de una excursión de los Pitufos que de una ceremonia medianamente seria.

La importancia de la ritualidad estriba en que es expresión no adjetiva, sino sustantiva (aunque no exactamente medular) de una Verdad trascendente que penetra la noche de los tiempos de la existencia humana. Y el Misterio -esto es, lo inefable- tan solo puede ser expresado mediante el símbolo: “Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras.” Sólo así podremos cruzar las fronteras de lo que no es inteligible.

Incluso desde una concepción pagana de la existencia, el símbolo es acaso el único sendero que nos conduce hacia la ciudad luminosa, hacia la Belleza: “ ¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo, / Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina, / Vuelca confusamente el beneficio y el crimen.”, escribe Baudelaire en Las flores del mal. La belleza (la estética artística) también habita en la fealdad. Su origen es incierto. Que se lo digan a Balzac. A Zola. “Y se puede, por eso, compararte con el vino.” Pero en la tradición occidental, desde hace más de dos mil años, la idea del vino ha superado el umbral del simbolismo para hacerse en sí mismo Vida, Misterio. Dios en persona.

¿Se puede, teniendo conciencia de cuál es el embrión de la cultura, despreciar la trascendencia del rito? 

Joaquín María Cruz Quintás

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