JOAQUÍN MARÍA CRUZ QUINTÁS (Jaén, 1981) es licenciado en Filología Hispánica por la UJA. Doctorando en posesión del Diploma de estudios avanzados (DEA), otorgado por las Universidades de Jaén y Granada, dentro del Programa interuniversitario de doctorado El Veintisiete desde hoy en la literatura española e hispanoamericana (La Edad de Plata). Profesor de Lengua castellana y Literatura y Latín en el I.E.S. Ruradia (Rus, Jaén).

Retazos de fraseología y léxico jaenés (XXVI)

- Bufar: De Baeza he aprendido el significado que mis alumnos le otorgan a la voz bufar, voz onomatopéyica cuyo significado aquí es el de ruborizarse, ponerse como un tomate, abermejarse el rostro. Sin duda que se trata de un contagio semántico derivado de una de las acepciones del término como es la de manifestar la ira, cuya expresión corporal se centraliza en el rostro, que adquiere a menudo ese color.

- Charipeo: Una voz cardinalmente jaenesa es esta, que viene a significar, de manera general, “lavado de cara”. Su origen es una incógnita. Se emplea a modo de comodín para labores relativas a la limpieza y ordenamiento del hogar, o de reparación en general: “Ahora de que le dé un charipeo a la iglesia podréis entrar”.


Joaquín María Cruz Quintás 

Retazos de fraseología y léxico jaenés (XXV)

- Chochopana: Adjetivo con el que popularmente se designa a la mujer escasa de iniciativa, lenta para la acción, propensa a la abulia o con una tipología sanguínea comparable a la horchata de chufa.

Muy problemente contracción del sintagma "chocho de pana", es un término empleado como sinónimo puro de "chochona".


- Follaíco vivo: Con este sintagma se nombra en el Jaén socialmente castizo —a la par que moderno— a quien se encuentra cansado en extremo. No es expresión que provenga de muy antiguo (no acostrumbraban nuestros abuelos a emplear a la ligera adjetivos de connotación sexual para nombrar realidades de otros campos), pero sus vinculaciones jaencianas resultan evidentes, fundamentalmente por el empleo exclusivo del diminutivo -ico.

JOAQUÍN MARÍA CRUZ QUINTÁS

Popular María-Visión


Hace unos días me topé en el televisor con la reinvención de la cadena de la Conferencia episcopal española, Popular TV. Había leído en prensa la noticia del cambio de nombre y de formato,  y he de reconocer que mi primera reacción fue de estupor. “María-Visión… ¡Vaya, vaya!”

Verdaderamente siempre consideré un logro no exento de virtudes épicas poder disminuir la calidad de la programación de aquella cadena generalista, habitualmente cursi, ayuna de intuición estética, rancia en su ausencia de innovación y dinamismo y, desde el punto de vista intelectual, más bien pobre. En definitiva, Popular TV siempre me pareció un canal rayano en el ridículo y esencialmente desfasado. Pero lo de la coletilla de “Maria-Visión” y el hecho de haber convertido su parrilla en un contenedor lleno de abuelas rezando el rosario la ha convertido definitivamente en una televisión de carcajada y golpes en la mesa.

Realmente desconozco si lo de “María” se refiere al tipo de estupefaciente del que seguramente se atiborre a menudo el autor de tal proyecto, o bien sea el nombre de la muchachita —pava y pija a manos llenas— que el otro día presentaba un programa en la sobremesa sobre cómo debíamos ir vestidos a la comunión de nuestra sobrina, incluyendo detalles sobre posibles combinaciones. Mi mujer y yo —en silencio y con los ojos como platos, iniciando levemente una sonrisa— nos miramos con incredulidad. Y callamos, sin encontrar en nuestro vocabulario nada adecuado para nombrar aquella realidad.

Si no fuera pecado, posiblemente al autor de tal aberración televisiva (vergüenza para los católicos españoles) habría que darle su merecido. Aunque fuera a modo de pellizco de monja.

Joaquín María Cruz Quintás 

Demoliciones

La archiconocida referencia funeraria a Montesquieu que en su momento realizó el instaurador en España del insulto parlamentario ha servido frecuentemente para criticar la enfermedad de un sistema en el que el espíritu de las leyes no representa sino el ensueño de una verdad inexistente, alterada y alabeada hasta la deformidad de unas leyes carentes de espíritu. Puro materialismo. Hez sólo.

El desprecio al pensador que propugnó la separación de poderes en el Estado no representa sino la tragedia del desprecio por un sistema de garantías que priorice el ejercicio del raciocinio y la praxis ética en contraposición a las lúgubres tentaciones del proverbio: Pro domo sua. Es, en definitiva, el proceso controlado –sigiloso– de demolición de la Razón como piedra angular del progreso de Occidente. Convirtiéndola, eso sí, en Ser Supremo, pero amarrándola a la columna del látigo farisaico. Idolatría de la Razón e hipocresía devienen en materialismo y muerte.

En la arrolladora instauración de este régimen, abiertamente sensual (los sentidos nos engañan, afirma Platón) pero de bodegas esquilmadas, se celebran las exequias del menos común de los sentidos. Una vez muerto este, encontraremos con facilidad el camino hacia el abismo, guiados por una suerte de heraldos mesiánicos o falsos profetas ávidos de reinventar en pocos años una civilización varias veces milenaria y de inhumar la podredumbre de la tradición.

El artificio para la consecución de sus logros es verdaderamente complejo, pero se cimienta en la contaminación de la episteme y del derecho por el sentimentalismo, siempre vinculado a lábiles nociones de progreso, libertad, solidaridad o igualdad. ¿Quién se puede oponer a ideales semejantes?

El presocrático Anaxágoras aseguraba que la razón todo lo penetra. Pero cuando viene a contravenir intereses alejados de ella –de la verdad, por tanto— los falsos profetas necesitan dinamizar otros procedimientos que capturen el entendimiento del ciudadano. Y ahí es cuando la maquinaria de lavado cerebral comienza a ejercitar sus tentáculos babeantes, y no cejará en un empeño que tiene como meta la victoria del bienestar por encima de cualquier otro valor. Esto es: La destrucción del hombre y de la sociedad civilizada. 

Joaquín María Cruz Quintás.

Ritmillos zetapariles

Zetaparo, José Luis (el argentinizador, el hundidor del país, el demagogo fetén, discreto rey del embuste — mentiroso compulsivo— parlamentario sin lustre, villano o loco, no sé) se ha sacado de la manga —cual trilero, con destreza— un aserto peregrino, generoso en su vileza. Lo que ha dicho el Maquiavelo (como lo llama la prensa), a pesar de que en el suelo los números languidezcan, es que habrá renacimiento para las próximas fechas. Y su rostro de cemento, impasible, ¡igual!, se queda.

Quizá sea que iniciemos de nuevo el Siglo de Oro, aunque parezca que vamos directos al inodoro —quiero decir que semeja que el país se va a la mierda—. ¡Siglo áureo de esplendores! También de la picaresca: una cosa parecida a lo que ocurre en España. Aunque con la diferencia que es el de arriba el que engaña.

Joaquín María Cruz Quintás

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