JOAQUÍN MARÍA CRUZ QUINTÁS (Jaén, 1981) es licenciado en Filología Hispánica por la UJA. Doctorando en posesión del Diploma de estudios avanzados (DEA), otorgado por las Universidades de Jaén y Granada, dentro del Programa interuniversitario de doctorado El Veintisiete desde hoy en la literatura española e hispanoamericana (La Edad de Plata). Profesor de Lengua castellana y Literatura y Latín en el I.E.S. Ruradia (Rus, Jaén).
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Aproximación al estudio del léxico y la ortografía de los estatutos de la primitiva Congregación del Santísimo Cristo de la Expiración de Jaén (1761)


Introducción

La afirmación de que toda lengua, en tanto que entidad viva, está en continuo proceso de cambio es una máxima imposible de refutar, por evidente. El castellano, desde su génesis latina, ha ido progresando al albur de los siglos hasta devenir en el español del siglo XXI, que es la consecuencia o corolario de una serie de vicisitudes de diversa índole, entre las que destacan los esfuerzos por evitar la arbitrariedad en el empleo de la lengua.

La primitiva Congregación del Santísimo Cristo de la Expiración nace en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la lengua castellana se encuentra en pleno proceso de reforma. La actual cofradía del Jueves Santo custodia con celo el manuscrito original de dichos estatutos, los cuales, al margen de su valor meramente informativo sobre los orígenes de la hermandad, suponen un interesante campo de trabajo para el análisis del castellano de aquellos años. Esto es lo que, aunque sea de forma somera, planteamos en este artículo.

Para poder situarnos en el tiempo es preciso mencionar algunos hechos importantes en este proceso de reforma: El racionalismo que impera en el siglo XVIII en todos los campos del saber también afectará, no podía ser de otro modo, al ámbito lingüístico. Si bien el siglo XVIII fue mucho menos pródigo en creación literaria que sus dos precedentes (el Siglo de Oro), el interés por la reflexión y el estudio erudito coadyuvó a un auge de la preceptiva (de la norma), que en el caso de la lengua no había tenido suficiente calado hasta entonces, al margen de los esfuerzos alfonsíes. Así, la Academia, protegida por la Corona, pondrá coto a vulgarismos, construcciones inexactas, creaciones antietimológicas, etc., y ordenará y simplificará la ortografía, hasta la fecha excesivamente caprichosa a pesar del peso de la tradición literaria reciente. La publicación del Diccionario de Autoridades (1726), la Ortographía (1741), la Ortografía (en 1763, dos años después de la redacción de nuestros estatutos) y la Ortografía (1815) serán algunos de los jalones que irán marcando el importantísimo itinerario emprendido por la RAE en estos años.

Los estatutos de 1761

Analizamos a continuación los casos particulares que hemos ido encontrando en nuestra lectura de los estatutos y que, por ser ejemplos léxicos u ortográficos que difieren del español actual, merecen una explicación con detalle.  
1.- En la portada del manuscrito leemos “Santíssimo Christo de la Espiración”, que será la forma en que se hará referencia a la imagen titular a lo largo de todo el manuscrito. El mantenimiento de la grafía geminada -ss- entre vocales se mantendrá hasta dos años después de la redacción de los estatutos, momento en el que la Ortografía de la Academia de 1763 suprime la distinción gráfica. Encontraremos ejemplos similares a lo largo del manuscrito: “En el nombre de la Santíssima Trinidad (…) y de la Gloriosíssima Virgen María Señora Nuestra (…)”, “el Congregado que fuesse soltero, ha de dar su entrada y cabo de año como si fuesse ”, “y pasado dicho tiempo, si no la hubiesse dado”, “si muriesse algún Congregado o Congregada”, “y si los segundos pasassen  de cincuenta años (…) y otros casos.  
[...] 
Joaquín María Cruz Quintás
(El artículo completo será publicado a inicios de 2012 en el Boletín extraordinario de la Cofradía, con motivo del 250º aniversario de la fundación de la primitiva Congregación de gloria).

Los personajes de las novelas de quiosco de José Ortiz de Pinedo (1880-1959)


       Si seguimos a Philippe Hamon, afirmaremos que el personaje literario puede definirse como una suerte de morfema migratorio y doblemente articulado, que se manifiesta por un significante discontinuo (las marcas del personaje que van apareciendo en el relato) que remite a lo que, utilizando terminología de Saussure, llamaríamos el valor del personaje, y que Hamon denomina significado discontinuo. Pero a estos asertos preliminares hemos de añadirle otra afirmación cardinal, como es la de que todo personaje se define por un conjunto de relaciones de semejanza e incluso de orden y jerarquía. Es en esta confrontación o paralelismo permanente donde el personaje va siendo delimitado de modo paulatino porque, en los textos narrativos (como son los que nos ocupan), el personaje no aparece en escena con una determinada etiqueta semántica o sambenito literario convencional, sino que se va forjando de modo progresivo, a imitación de la propia vida humana, con el objeto de presentarse ante el lector como un trasunto de realidad capacitado para la expresión de la misma, logrando así, en algunos casos, la identificación del lector con la historia del discurso que lee.

Por tanto, el personaje es siempre concebido como una unidad de significación (aunque sus marcas sean discontinuas en el tiempo del relato), unidad que se consigue al final de la narración debido al carácter acumulativo (y transformador) del personaje.

No hay que perder de vista, en cualquier caso, que los personajes no son personas de carne y hueso, sino elementos puramente textuales que operan como vehículos de transmisión (pero transmisión no meramente conceptual, sino expresiva en tanto que falsamente “carnal”). Por tanto, los personajes de estas novelitas vienen a ser representaciones, sí, pero representaciones subjetivas del autor, meras ideaciones, de lo que extraemos que lo verdaderamente relevante no es su valor histórico, sino su función en el relato en relación con los otros, la acción y los demás elementos narrativos. Veamos el valor de los mismos de Ortiz de Pinedo.

Es frecuente encontrar en las novelitas de quiosco algunos que, si bien no responden en absoluto a la tipología del personaje plano, sí que vienen a representar un estereotipo o modelo social muy evidente. Es el caso de los relatos que nos ocupan, en las que siempre observamos a las claras la presencia de un personaje protagonista o principal (Dora, Isabel de Guevara, Candelas) enfrentado a los esquemas mentales de un personaje antagonista, su padre (el varón dominante). Sobre esta sencilla base pivotan estas narraciones, si bien en todos los casos irán apareciendo otros personajes, de mayor o menor relevancia, entre los que, de manera lógica, descuella el amante de la mujer (Farfán, Julián Uría, Gregorio). Si volvemos la vista a algunas de las teorías de Propp, Souriau y Greimas, convendremos que no es complicado encasillar a los tres protagonistas (recordemos que Dora lo es en dos de las cuatro novelas) en el andamiaje conceptual que sobre los personajes narrativos han ido urdiendo. Veamos:

Propp
Souriau
Greimas
Fuerza temática orientada
Sujeto
Bien amado o deseado
Representante del Bien deseado, del valor orientado
Objeto
Donador o provedor
Árbitro atribuidor del Bien
Destinador
Mandador
Obtenedor virtual del Bien
Destinatario
Ayudante
Auxilio, reduplicación de una de las fuerzas
Ayudante
Villano o agresor
Oponente
Oponente
Traidor o falso héroe
***
Oponente

Siguiendo a Propp, la figura del héroe la representarían Dora, Candelas e Isabel de Guevara, luchadoras insaciables en pos de la libertad que anhelan, quienes vendrían a ser lo que Propp denomina fuerza temática orientada y Greimas, sencillamente, sujeto. El bien amado o deseado lo representa Farfán, Gregorio y Uría, si bien más tarde el primero (Eva Curiosa, La aventurera de los sueños) se revelará en falso héroe o traidor y, por tanto, en oponente (siguiendo a Greimas). Podríamos incluso pensar que la misma idea de libertad podría erigirse, en todas las novelitas, en personaje conceptual, pero eso, amén de una mistificación que no respetaría la noción esencial de personaje que hemos adoptado, sería introducirse en libros de caballerías.

Centrándonos en los personajes aludidos, aludiremos a cómo Pinedo decide ir moldeándolos en virtud de su origen, lenguaje, personalidad, situación social, ideología y, en definitiva, su comportamiento, como actantes que son del relato. En este sentido, resulta evidente el origen acomodado de la familia de Dora e Isabel de Guevara en contraposición con los de Farfán y Uría. Esto tendrá también implicaciones ideológicas que supondrán de nuevo trabas en la relación amorosa, y no por Dora o Isabel, quienes parecen mantenerse al margen de la política, sino por sus padres (Afirma don Benito, padre de Dora: “Lo más decoroso que puede hacer un antiguo republicano es declararse monárquico”. Y don Alfonso, el de Isabel de Guevara, asegura que bajo el nombre de su nuevo novio “Hay algo incompatible con tu posición social y aun con tu carácter. Julián Uría es uno de los elementos más peligrosos para el régimen, una pluma procaz que grita demasiado en todas partes. Es un hombre que puede acabar fusilado por comprometerse en cualquier intentona política”). De esta manera, por medio de los personajes principales se esboza levemente una pintura de la situación sociopolítica que se venía forjando en España durante los años del bipartidismo restauracionista, con el auge de movimientos proletarios que estallarían con posterioridad.

El lenguaje de los personajes —y, en ocasiones, de la voz narrativa—resulta interesante, aureolado por una patina de cursilería torrencial, especialmente en el caso de la mujer protagonista: verbigracia, en Eva Curiosa:

Esto es muy hermoso, papá, ensancha el alma…

Y sobre Campoamor, en la boca de la misma:

 Al corazón de todas supo asomarse y describió cuanto había dentro, por muy disimulado o escondido que estuviese... Dicen que gustaba de pasear por estas sendas del retiro, a caza de parejitas amorosas (…).

O Farfán, cuando intenta atraer a Dora la primera vez:

 Estoy cansado, fatigado de alma. ¡Puse tanta emoción en todo! La emoción fue mi objeto…Por ella corría tierras, surqué mares, escalé montañas, me asomé a los abismos. (…) ¡La emoción!... ¡Ella es todo en la vida!

Pero Farfán, como sabemos, pronunciaba sus discursos de hombre ávido de mundos ingrávidos y gentiles con la máxima intención, “como un actor de la vieja escuela.”

O en La dulzura de amar:

El relojito de oro que, encerrado en lindísima relojera de rojo terciopelo, descansaba sobre la mesa de noche.

Después de este sueño feliz, no tengo más que darte las gracias. ¡Me has hecho tanto bien en este tiempo! Tú si que serás en mi vida un recuerdo imborrable: la gota de miel que en medio de las amarguras de mi lucha estará siempre mis labios.

Por tanto, la presencia de lo cursi a lo largo del relato en boca de, fundamentalmente, los personajes femeninos protagonistas supone lo más destacado del lenguaje de los textos, que, como hemos advertido en numerosas ocasiones, entroncan así con el receptor tipo (pequeñoburgués) de las novelitas cortas de quiosco. Resulta especialmente significativo el lenguaje que encontramos en La novelera, dado que presenta numerosas muestras del bajo nivel de estratificación sociocultural de los personajes, fundamentado en vulgarismos, ejemplos de excesiva relajación fonética y en el desliz gramatical:

Too los que dicen toos los libros del mundo no son más que picardías. Cuanto más leía es una persona, más mala es. Te lo dice tu padre.

Me paece a mí que va a ser cosa de coger una estaca.

Que la [sic] tengo dicho que no quió libros en casa y ella sigue metía en los libros.

Pero el nivel vulgar de la lengua no sólo se aprecia en el padre de Candelas y Amparo, sino también en esta:

¿No tié usté otro argumento mejor?

Y en la propia Candelas, a pesar de su infatigable apetito lector:

Na, que me puse a leer un poco mientras padre echaba la siesta, y se presentó cunado más enfrascá estaba.

¿Te paece poco disgusto la vida que llevo… con mi padre, que no se le pué aguantar (…)

No se aprecia en ninguna de las novelitas un lenguaje excesivamente disonante entre personajes, más bien unificado, incluso, como hemos visto, en la novela aludida, si bien Candelas presenta casos de relajación lingüística que no podemos calificar de muy significativos.  En las otras obras, desde un punto de vista diafásico y diastrático, los agonistas (mujer protagonista y padre represor) suelen interactuar empleando eminentemente el nivel formal de la lengua, en el primer caso, y el nivel común-culto en el segundo. En dicho nivel culto habríamos de incluir esa vuelta de tuerca que supone el empleo de un lenguaje almibarado o redicho. En cualquier caso, la correspondencia entre lenguaje y situación es evidente.

Para la caracterización de los personajes, en las cuatro obras se alternan el diálogo, predominante junto a la narración de los hechos y las descripciones (etopeya y prosopografía), el ejercicio narrativo omnisciente y, en ocasiones, el monólogo interior, con frecuencia en la voz del narrador por medio del estilo indirecto libre:

Era la dueña del hostal una doña Elvira, vieja y pintarrajeada, con muchos postizos en la cabeza. Alta y un tanto hombruna, contrastaba su aspecto exterior con la melosidad de su voz y la dulzura de su carácter, tocado de un romanticismo agudo.

(…) su padre, tan severo, tan intransigente e inflexible para los demás, era para ella blando y condescendiente. No había casa que le pidiera que él no le otorgara; dejábala en completa libertad de acción para todo, y hasta en el punto vulnerable del señor de Guevara, que era el bolsillo, había para su hijo excepción incondicional. Mientras él, avariento, defendía hasta el ochavo, ella podía gastar sin tasa en joyas o en vestidos o en socorrer al prójimo. Jamás le había hecho la menor observación sobre sus gastos o dádivas.

 Lo que pasaba en el espíritu de Julián no es fácil decirlo. Aun formalizadas las relaciones, aun desvelado muchas madrugadas por el recuerdo de Isabel, aun sintiendo por ella adoración creciente, admiración sin tasa, batallaba en su espíritu, rebelándose, el odio al prestigio aristocrático de su novia, el orgullo humillado por la diferencia de clase y, al propio tiempo también, el pudor de su pobreza, la vergüenza de verse levantado hasta la misma altura de la rica heredera por obra y gracia del amor.

¡Oh! ¿Hasta dónde iba a llegar su desvergüenza? ¡Hasta dejar un día entero sin asomar por su casa! ¿Pensaría acaso visitar a su mujer cada dos o tres días, como una amante, haciendo, en cambio, con ésta, vida común? No, no; hasta tal extremo no era posible llegar.

El monólogo introspectivo irá forjando un cauce por el que fluyen los pensamientos y la conciencia de las protagonistas femeninas y de sus padres, recurso gracias al cual el lector va a ir construyendo mentalmente y de manera progresiva esas ideaciones que son los personajes, forjados en una sucesión de secuencias en las que sus posturas antagónicas se van definiendo de manera cada vez más nítida ante el lector (al igual que, en el caso concreto de Eva Curiosa, también desde la aparición de Farfán, otro contrapunto a la actitud vital de Dora, como ya hemos apuntado con anterioridad). Por consiguiente, la función de los personajes principales dentro de cada relato queda perfectamente definida en su relación con los demás (oposiciones binarias, principalmente) y con la acción (tema) de la búsqueda de la libertad y de la verdad de la vida. El resto no pasa de ser un conjunto de personajes menores o meramente accidentales, formando parte de escenas que podríamos denominar de situación, en las que en nada se profundiza, frente a las escenas de personaje, donde hay cabida para una mayor perforación en la conciencia de los mismos, y que tiene como epicentros a los tres antedichos.

Joaquín María Cruz Quintás.


José Ortiz de Pinedo (1880-1959). La singularidad de sus narraciones femeninas

Extracto de la exposición realizada por el autor en el Salón de Grados de la Universidad de Jaén el 21 de febrero de 2010, que resume las trazas fundamentales del trabajo de investigación con el que ha obtenido el Diploma de Estudios Avanzados (DEA), dentro del Programa de doctorado El Veintisiete desde hoy en la literatura española e hispanomericana (La Edad de Plata).

[...]
Seguidamente, intentaré trazar las líneas maestras de la estructura sobre la que se cimienta mi trabajo de investigación, titulado La novela de quiosco de José Ortiz de Pinedo (1880-1959). La singularidad de sus narraciones femeninas. [...]
La primera parte del mismo está diseñada para esbozar el contexto social y literario en el que nace el subgénero de las novelas de quiosco.
La segunda parte de la tesina se centra ya plenamente en la figura de José Ortiz de Pinedo, realizando un recorrido por sus episodios vitales más relevantes, acercándonos al vasto corpus de su producción literaria y centrando nuestros esfuerzos en el análisis de aquellas novelas de quiosco con protagonista y temática femeninas.

En la línea de la mayoría de escritores que cultivaron la novela de quiosco en las décadas iniciales del siglo XX, José Ortiz de Pinedo dedica buena parte de su producción a la temática rosa, amorosa o galante focalizada desde un prisma femenino, asunto de gran interés para la mujer lectora que podríamos llamar “de mesa camilla”. De entre estas obritas, hemos destacado por su interés social aquellas que narran la historia de una mujer que busca una nueva y a menudo imposible vida, espacialmente lejana del ámbito familiar, que la libere del corsé asfixiante impuesto por una sociedad excesivamente rígida y liberticida cuando de la mujer se trata. Nuestro autor se mostrará en ellas fiel al ideal novelístico que él mismo confesó a Julio Cejador en una carta:

Reproducir la vida con toda fidelidad... y sin retórica; tal debe ser –en mi opinión– el ideal del arte; pero (…) copiando de la realidad solamente aquello digno de copia, esto es, excluyendo lo feo y lo avieso, que de ambas cosas no puede el arte, por buena voluntad que tenga, extraer algún placer estético. Decir, sí, toda la verdad de la vida, pero cuidando de poner un poco de luz sobre sus miserias y dolores; porque pintar por pintar lo feo y repugnante es convertir el arte de señor en esclavo, y el arte debe ser soberanía.

Las obras que hemos analizado, porque conforman el cuerpo de ese grupo de novelas femeniles, son Eva Curiosa, La dulzura de amar, La novelera y La aventurera de los sueños.
Todas ellas narran historias que se enmarcan en el ámbito de la sociedad burguesa e incluso de la aristocracia, fuertemente dominadas por una concepción falocrática de las relaciones familiares y sociales, lo cual tendrá como corolario la avidez de libertad de la mujer (de la hija), portadora de una mentalidad abierta y propicia para la rebelión femenina.
La literatura y la gran urbe se erigirán en proyecciones de esa otredad liberadora que habría de manumitir a la mujer de su estado de postración ante el varón. Pero en la praxis surgirá a menudo el permanente conflicto entre deseo y verdad –entre romanticismo y realidad- que irá truncando las esperanzas de las diversas protagonistas, quienes se toparán con el muro bien cimentado de la obstinación familiar, del permanente celo de las convenciones sociales (aun cuando estas, como a veces reconoce el padre, no atiendan a la razón), de la absurda y permanente negación de lo desconocido (concebido como necesariamente pecaminoso) y de toda concepción de la vida femenina que pudiera convertir a la mujer en piedra de escándalo, aunque fuera por motivaciones ridículamente pacatas.
De gran relevancia en la trama de las obras es la figura del padre oponente (carente de maldad pero cegado en su obsesión de mantener el esquema social y familiar dominante), que será el icono de la frustración femenina. Los padres de las diferentes protagonistas serán presentados como seres ayunos de sensibilidad, excesivamente pragmáticos, tradicionalistas y restrictivos, de poca liberalidad y socialmente elitistas. Junto a esta figura, será también de gran importancia la del varón amante -libertino impenitente- cuya ausencia de escrúpulos, materialismo y mezquino interés crematístico, amén de una insultante hipocresía, harán crecer ante el lector la evidencia del contraste entre la verdad humana de la mujer y la poca autenticidad que, en la doble vertiente (bondadosa y maliciosa) del padre y el amante, representa el varón.
Esta verdad o trascendencia última de la mujer hallará reflejo en su interés por toda manifestación del espíritu humano, en contraposición al varón. Así, las protagonistas mostrarán una inclinación natural hacia todos los modos de expresión artística (primando siempre el factor emocional o suprarracional sobre cualquier otro), transmitirán al lector su gran capacidad de empatía para con los sufrientes y un anhelo de trascendencia religiosa expresada con frecuencia a lo largo de las obras, e incluso deformada de manera ocasional en una actitud negativa hacia la vida terrena, tras la experiencia del fracaso.
Esta sensibilidad general también se desfigurará en no pocas ocasiones hacia un sentimentalismo cursi en la mujer protagonista, impostado a menudo por algunos de los amantes, y generalizado en la voz narrativa –a veces de un patetismo efectista–, que toma como propia esta inclinación estética tan próxima a la burguesía, como hemos analizado a lo largo del trabajo. Se trata, pues, de una tendencia que el narrador absorbe desde sus voces femeninas, en colisión con la racionalidad asentimental de los personajes varones, proyectando así el gusto de las lectoras modelo de este tipo de literatura.

Los personajes.
Es frecuente encontrar en las novelitas de quiosco algunos personajes que, si bien no responden en absoluto a la tipología del personaje plano, sí que vienen a representar un estereotipo o modelo social muy evidente. Es el caso de los relatos que nos ocupan, en los que siempre observamos a las claras la presencia de un personaje protagonista o principal enfrentado a los esquemas mentales de un antagonista, su padre (el varón dominante). Sobre esta sencilla base pivotan estas narraciones, si bien en todos los casos irán apareciendo otros personajes, de mayor o menor relevancia, entre los que, de manera lógica, descuella el amante de la mujer. Si volvemos la vista a algunas de las teorías narratológicas, convendremos que no es complicado encasillar a las protagonistas en el andamiaje conceptual que sobre los personajes narrativos han ido urdiendo. Veamos:
La figura del héroe la representarían las protagonistas femeninas, luchadoras insaciables en pos de la libertad que anhelan, quienes vendrían a ser lo que Propp denomina fuerza temática orientada o Greimas, sencillamente, sujeto. El bien amado o deseado lo representan los amantes o pretendientes, si bien en algunos casos estos se revelan como falso héroe o traidor y, por tanto, en oponente. Podríamos incluso pensar que la misma idea de libertad podría erigirse, en todas las novelitas, en personaje conceptual.
Centrándonos en los personajes citados, aludiremos a cómo Ortiz de Pinedo decide ir moldeándolos en virtud de su origen, lenguaje, personalidad, situación social, ideología y, en definitiva, comportamiento, como actantes que son del relato. En este sentido, resulta evidente el origen acomodado de la familia de las protagonistas en contraposición con los de sus amantes. Esto tendrá también implicaciones ideológicas que supondrán de nuevo trabas en la relación amorosa, y no por ellas, quienes parecen mantenerse al margen de la política, sino por sus padres. De esta manera, por medio de los personajes principales, se esboza levemente una pintura de la situación sociopolítica que se venía forjando en España durante los años del bipartidismo restauracionista, con el auge de movimientos proletarios que estallarían con posterioridad.

No se aprecia en ninguna de las novelitas un lenguaje excesivamente disonante entre personajes, más bien unificado, incluso en el caso del relato La novelera, si bien Candelas, la protagonista, presenta muestras de relajación lingüística que no podemos calificar de muy significativos. En las otras obras, desde un punto de vista diafásico y diastrático, los agonistas (mujer protagonista y padre represor) suelen interactuar empleando eminentemente el nivel formal de la lengua, en el primer caso, y el nivel común-culto en el segundo. En dicho nivel culto habríamos de incluir esa vuelta de tuerca que supone el empleo de un lenguaje almibarado o redicho. En cualquier caso, la correspondencia entre lenguaje y situación es evidente.
Para la caracterización de los personajes, en las cuatro obras se alternan el diálogo, predominante junto a la narración de los hechos y las descripciones (etopeya y prosopografía), el ejercicio narrativo omnisciente y, en ocasiones, el monólogo interior, con frecuencia en la voz del narrador por medio del estilo indirecto libre.
El monólogo introspectivo irá forjando un cauce por el que fluyan los pensamientos y la conciencia de las protagonistas y de sus padres, recurso gracias al cual el lector va a ir construyendo mentalmente y de manera progresiva esas ideaciones que son los personajes, forjados en una sucesión de secuencias en las que sus posturas antagónicas se van definiendo de manera cada vez más nítida ante el lector. Por consiguiente, la función de los personajes principales dentro de cada relato queda perfectamente definida en su relación con los demás (oposiciones binarias, principalmente) y con la acción (tema) de la búsqueda de la libertad y de la verdad de la vida. El resto no pasa de ser un conjunto de personajes menores o meramente accidentales, formando parte de escenas que podríamos denominar de situación, en las que en nada se profundiza, frente a las escenas de personaje, donde hay cabida para una mayor perforación en la conciencia de los mismos, y que tiene como epicentros a los tres antedichos.

Narrador y narración. Espacio y tiempo.
En todas las novelas aparece la figura de un narrador heterodiegético omnisciente en tercera persona que elabora un discurso principalmente referencial (narración objetiva de hechos), aunque en ocasiones descriptivo, valorativo y también universal (en tanto que extrapolable a una generalidad conceptual).
Las acciones se nos van presentando de acuerdo con un esquema de composición lógica, esto es, siguiendo un orden cronológico o causal, y pivotando alrededor de un conflicto de fuerzas muy evidente¬. Este conflicto de fuerzas suele comenzar habitando exclusivamente un ámbito externo, el de la vida social, más superfluo, aunque paulatinamente podrá ir virando hacia un trance de marcada interioridad, que llegará incluso hasta el tormento espiritual.
El tiempo del discurso es claramente menor al tiempo de la historia. Para ello, Ortiz de Pinedo se sirve de recursos o movimientos narrativos como el resumen o las elipsis varias que provocan saltos en el tiempo, aunque no es menos cierto que las descripciones puedan ralentizar el tempo de las narraciones, que sin embargo podemos calificar de ágil en todos los casos, como corresponde a su género. En las diversas escenas dialogadas (discurso directo o dramático) y en algunos párrafos narrativos, el tiempo del discurso y el de la historia se igualan, como también sucede en otras ocasiones en las que la protagonista principal o (anti)heroína, realiza un sumario progresivo, adelantando en su mente la felicidad que le supondrá esa nueva vida que la libre de sus ataduras.
El espacio de las novelitas es diverso, en ocasiones abierto (paseos por Madrid e incluso París, símbolo de la libertad) y en otras cerrado, preferentemente urbano (la protagonista ha huido del pueblo a la búsqueda del cosmopolitismo) y realista, aunque las tres heroínas lo cubran con una pátina de fantasía y ensoñación.
El movimiento argumental se articula desde un punto de partida (el estado de desesperación de la protagonista) para llegar al momento culminante de toda la acción (su fracaso). Ambos instantes son, por tanto, términos del movimiento argumental, que actúan como costuras de una herida o como jambas abrazando toda la secuenciación de los relatos, que suceden en un espacio y tiempo concreto y variado. Espacio y tiempo son, por consiguiente, los centros organizadores, temáticos, de los principales acontecimientos argumentales de las cuatro narraciones, a las que llenan de vida. Porque todos los elementos abstractos de las novelas sólo adquieren cuerpo de realidad a través de la concreción de un tiempo y un espacio determinados y muy claramente delimitados en estas obras. Los espacios interiores descritos son un boceto del sofocante hogar burgués, por la morosidad descriptiva general y, en concreto, la de objetos provistos de una especial fuerza evocadora de lujos y exotismos diversos. El lector medio podía así penetrar y recorrer con su mirada los lujosos y espaciosos hogares de las clases medias-altas y altas, lo cual nunca ha estado exento de cierta —y acaso insana— curiosidad.
La descripción demorada que apreciamos en estas novelitas coadyuvarán a la definición de las protagonistas y de otros personajes relevantes, en tanto que no son sino metáforas de estos, bosquejando así los retratos principales también mediante el recurso de la descriptio.
Cabe mencionar la repetición de personajes que se observa en dos de estas novelas (Eva Curiosa y La aventurera de los sueños), hecho que no impide la autonomía absoluta de ambas obras. Es este un recurso de cierta habitualidad en las narraciones de quiosco de la época —destacaron los casos de Antonio de Hoyos y Álvaro de Retama—, planteándose estas reiteraciones a modo de sencillo engarce diegético entre relatos, formando un continuum.

Tras meses de investigación y lecturas de y sobre José Ortiz de Pinedo hemos de llegar a una conclusión que bien podríamos resumir con el sintagma éxito editorial. Sin embargo, a la hora de realizar nuestro análisis, no sería justo detenernos en un estadio meramente social, porque Ortiz de Pinedo fue, desde el punto de vista literario, un buen escritor.
Probablemente, no estemos hablando de un grandísimo hallazgo artístico ni de un prosista sensacional o dotado de unas virtudes incomparables, pero el cuerpo de su prosa resulta de una solidez notable y su dominio de las diversas estructuras textuales es evidente. Un escritor muy correcto o, si se quiere, un solvente arquitecto del idioma, buen narrador de historias.
En definitiva, José Ortiz de Pinedo consiguió recrear en sus novelitas, con indudables aciertos —y, en ocasiones, no escasa valentía— los conflictos sociofamiliares a los que se tuvo que enfrentar la mujer de la época, y lo hizo con una prosa sólida y de notable presencia, lo cual es, creemos, motivo suficiente para rescatar del olvido la narrativa de un jaenés casual que encontró la fortuna en la capital del Reino.

Muchas gracias.

Joaquín María Cruz Quintás 



Narrador y narración, espacio y tiempo en cuatro novelitas de José Ortiz de Pinedo: Eva Curiosa, La dulzura de amar, La aventurera de los sueños y La novelera.


 En todas las novelas aparece la figura de un narrador omnisciente y heterodiegético en tercera persona que elabora un discurso principalmente referencial (narración objetiva de hechos), aunque en ocasiones descriptivo, valorativo y también universal (en tanto que extrapolable a una generalidad conceptual). Se refiere a sus personajes de manera generalmente objetiva, y refleja sus pensamientos interiores por medio del discurso indirecto libre, empleando en ocasiones en lugar del diálogo (aunque es predominante), el discurso directo para parafrasear las palabras pronunciadas por los personajes.

Las acciones se nos van presentando de acuerdo con un esquema de composición lógica, esto es, siguiendo un orden cronológico o causal, y pivotando alrededor de un conflicto de fuerzas muy evidente (luego secundado, en el caso de Eva Curiosa, en el otro ulterior que surgirá a raíz de la entrada en escena de Farfán)¬. Este conflicto de fuerzas suele comenzar habitando exclusivamente un ámbito externo, el de la vida social, más superfluo, aunque paulatinamente podrá ir virando hacia un trance de marcada interioridad, que llegará incluso hasta el tormento espiritual de Dora.

El tiempo del discurso es (no podía ser de otra manera tratándose de una novela corta que narra unos hechos dilatados en el tiempo) claramente menor al tiempo de la historia. Para ello, Ortiz de Pinedo se sirve de recursos o movimientos narrativos como el resumen o las elipsis varias que provocan saltos en el tiempo, aunque no es menos cierto que las descripciones (por ejemplo, de la ansiada ciudad de Madrid, por donde pasean Dora y su padre, o las etopeyas y prosopografías que a lo largo de los relatos se esparcen) puedan ralentizar el tempo de las narraciones, que sin embargo podemos calificar de ágil en todos los casos, como corresponde a su género. En las diversas escenas dialogadas (discurso directo o dramático) y en algunos párrafos narrativos, el tiempo del discurso y el de la historia se igualan, como también sucede en otras ocasiones en las que la protagonista principal o (anti)heroína, realiza un sumario progresivo, adelantando en su mente la felicidad que le supondrá esa nueva vida que la libre de sus ataduras.

El espacio de las novelitas es diverso, en ocasiones abierto (paseos por Madrid e incluso París, símbolos de la libertad) y en otras cerrado, preferentemente urbano (la protagonista ha huido del pueblo a la búsqueda del cosmopolitismo) y realista, aunque las tres heroínas lo cubran con una pátina de fantasía y ensoñación ya proverbiales para nosotros.

Como sabemos, Mijail Bajtín define cronotopo a la conexión esencial que existe en una obra literaria (fundamentalmente las narrativas) entre las relaciones temporales y espaciales, concibiendo este concepto como una categoría de la forma y el contenido en la literatura. El movimiento argumental se articula desde un punto de partida (el estado de desesperación de la protagonista, a menudo) para llegar al momento culminante de toda la acción (en este caso, el fracaso de las pretensiones vitales de las protagonistas). Ambos instantes son, por tanto, términos del movimiento argumental, que actúan como costuras de una herida o como jambas abrazando toda la secuenciación de los relatos, que suceden en un espacio y tiempo concreto y variado. Espacio y tiempo son, por consiguiente, los centros organizadores, temáticos, de los principales acontecimientos argumentales de las cuatro narraciones, a las que llenan de vida. Porque todos los elementos abstractos de las novelas (lo que tienen de andamiaje conceptual) sólo adquieren cuerpo de realidad a través de la concreción de un tiempo y un espacio determinados y muy claramente delimitados en estas obras. Los espacios interiores descritos son un boceto de corte decadentista, por la morosidad descriptiva general y, en concreto, la de objetos provistos de una especial fuerza evocadora de lujos y exotismos diversos. El lector medio (la lectora) podía así penetrar y recorrer con su mirada los lujosos y espaciosos hogares de las clases altas, lo cual nunca ha estado exento de cierta —y acaso insana— curiosidad:

En el amplio gabinete (…) destacaba un lienzo al óleo con el retrato de Isabel, de cuerpo entero, en taje de baile, blanco, la cabeza descubierta y entra las manos un abanico de plumas.


El dormitorio, tibio, alfombrado con tapiz blanco y dibujo de rosas grandes, estaba suavemente embalsamado por la colonia, los jabones, las esencias delicadas de pomos y fras [ilegible] que llenaban el tocador. Frente a éste se alzaba un espejo de tres lunas, y en el centro de la estancia, que era holgada, aparecía el lecho, de hierro dorado y labrado preciosamente, con edredón de seda rosa y el embozo de la sábana bordado a la mayor perfección.


Estaba el dormitorio en el primer piso del hotel que, cerca del Obelisco, poseía en la castellana el despacho de don Alfonso, el comedor y tres salones más apenas habilitados desde que la familia del judío quedara reducida a él y su hija. Don Alfonso tenía también su alcoba en el piso principal, fronteriza a la de Isabel, y separadas ambas por un gabinete con mirador sobre el jardín. La servidumbre dormía en las habitaciones del segundo piso. Por la parte posterior del inmueble, donde estaba la cocina, había un palomar y un gallinero, y en pabellón aparte las cocheras. El jardín rodeaba la casa, estrecho por los costados, de regular espacio en el frente, con pabellón de portería a un lado y al otro un cenador. En medio del jardín, de bastante arbolado, había una fuente que representaba una niña vaciando su cántaro y que estaba cercado por un macizo de violetas circular. Media docena de escalones de piedra daban acceso a la puerta principal de la casa, que era de cristales de colores.
 


El espacio externo de las novelitas es, a menudo, el del Madrid (también París o Cannes) de la burguesía neosecular , con una ambientación urbana plena de referencias fastuosas y con matices de un esteticismo decadente y en cierto modo baudelairiano, en tanto que adición de perfumes, sonidos, colores y elementos de la naturaleza:


 La hora de la siesta. Es verano. Pica el sol: para resguardarse de su fuego están echadas las persianas y cerrados los balcones. Las macetas se abrasan. El canario, que ha tenido la suerte de ser trasladado á [sic] la penumbra, duerme en su caña. Reina en esta habitación, tan ordenada, tan limpia, el silencio de la siesta. Perfuman el aire rosas y claveles recién cortados, prisioneros en búcaros de cristal modernos colocados encima de una cómoda. Bríndase á la sed un fresco, panzado botijo de Alcorcón, envuelto en un paño mojado. 


A la luz de la luna o de las estrellas, iluminado y palpitante, con la fina aguja de la torre Eiffel dominando la ciudad como una flecha lanzada al azul, París justificaba ante los soñadores su apoteosis teatral que fascinaba desde lejos…


La suntuosa arboleda del Parque, el señorial aspecto de los viejos jardines, dorados por el sol septembrino, alegraron el ánimo de Dora, produciéndola [sic] una impresión gratísima.


La calzada aparecía rumorosa por el tropel de carretelas y troncos de lujo. Todos llevaban recogida la capota y aun la luz de la tarde permitía el no encender los faroles. Aquel desfile de ricos troncos —caballos magníficos, coches charolados, brillantes libreas—, aquel aspecto del vivir mundano y fastuoso (…)


Reintegrados al coche, los condujo por la calle Mayor para, cruzando nuevamente la Puerta del Sol, recorrer Alcalá, Recoletos y la Castellana. La animación de la más famosa vía madrileña, aun tiempo popular y aristocrática, y alegre como pocas grandes vías de Europa, gustó también a Dora. (…)

Desde Cibeles al Hipódromo encantáronse padre e hija con la hermosura de la amplia avenida bordeada de hoteles y elegantes edificios (…)


La descripción demorada que apreciamos en estas novelitas (tanto la de interiores aristocráticos o altoburgueses como las de espacios urbanos de la gran ciudad) coadyuvarán a la definición de las protagonistas y de otros personajes relevantes, en tanto que no son sino metáforas de estos, bosquejando así los retratos principales también mediante el recurso de la descriptio.

Cabría mencionar la repetición de personajes que se observa en dos de estas novelas (Eva Curiosa y La aventurera de los sueños), hecho que no impide la autonomía absoluta de ambas obras. Es este un recurso de cierta habitualidad en las narraciones de quiosco de la época —destacan los casos de Antonio de Hoyos y Álvaro de Retama —, planteándose dichas reiteraciones a modo de sencillo engarce diegético entre relatos (continuum).
Joaquín María Cruz Quintás

La dulzura de amar (1923): otra novela femenina de José Ortiz de Pinedo.


En esta novelita —cuyo título es bien revelador— de nuevo Ortiz de Pinedo plantea la cuestión de la ausencia de libertad (tan gravosa para la mujer española de la época) en el ámbito familiar. La figura del padre, si bien no será la de un tiranuelo doméstico (a la protagonista le puede, más que otro factor, el terrible respeto a la voluntad de su padre), sí que supondrá un muro de contención inabarcable para la consumación de los ideales amorosos —no podía ser de otra manera— por motivaciones ideológicas y de clase. La presión familiar hacia un matrimonio de conveniencia subyace a lo largo de toda la obrita, asumiendo una vereda literaria que es alumbrada en la obra del novelista francés Pierre de Marivaux, pasando ineludiblemente por Leandro Fernández de Moratín.

En esta obra, de nuevo la mujer protagonista (como en el caso de Dora en Eva curiosa) habita un mundo de idealidad que colisiona frontalmente con la racionalidad excesivamente práctica, egoísta o sencillamente elitista de su progenitor .

Una serie de casualidades propician el encuentro de ambos protagonistas, quienes habrán de sortear ciertas barreras sociales y, en el caso de Julián Uria, el rechazo que la acracia de su pensamiento le impone sobre aquel mundo de carretelas y hueras suntuosidades.

¿Qué era, en suma, aquella señorita, más que una rica heredera, la hija de un usurero enriquecido?

Pero también el sentimiento amoroso terminará sobreponiéndose al dictado de la ideología en el periodista republicano:

Lo que pasaba en el espíritu de Julián no es fácil decirlo, aun formalizadas las relaciones, aun desvelado muchas madrugadas por el recuerdo de Isabel, aun sintiendo por ella adoración creciente, admiración sin tasa, batallaba en su espíritu, rebelándose, el odio al prestigio aristocrático de su novia, el orgullo humillado por la diferencia de clase y, al propio tiempo también, el pudor de su pobreza, la vergüenza de verse levantado hasta la misma altura de la rica heredera por obra y gracia del amor.

De nuevo nuestro autor recurre a un sentimentalismo romanticoide, tan en la línea del gusto cursi pequeñoburgués, para transmitir la emoción del amado, después de haberse lamentado de la imposibilidad de su amor hacia la aristócrata por las diferencias sociales, a lo que Isabel de Guevara replicará, con esa liberalidad de la mujer pinediana que busca descorrer cualquier cerrojo social:

— Yo no veo esas diferencias que usted establece. Lo que sí observo es que es usted excesivamente modesto. ¿Quién lo dijera con la fama de terrible que goza?
— Pero junto a usted, toda mi audacia, toda mi fama se evapora, para dejar paso a un hombre acobardado, tímido, indeciso. Tiene usted la virtud de empequeñecerlo todo con su presencia. A su lado, nada puede tener la grandeza de usted.


Y continúa humillándose:

— ¡Y si viera usted cuánto he mortificado a mi orgullo o a mi vanidad de hombre, o a lo que sea! Sin esa grandeza, yo me hubiera acercado a usted desde el primer momento. Pero ello me ha contenido al mismo tiempo que me hacía sufrir, como le digo, el fracaso de mi inferioridad.

Y remata con un epítome a modo de panegírico:

Para acercarme a usted, para quererla a usted, yo hubiera preferido que fuese usted un poco menos buena, un poco menos hermosa, un poco menos sencilla.

Toda una declaración de vasallaje amoroso ante el idealismo de una mujer que parece semidivina, imagen entroncada con la de la amada perfecta que recibe los amores de un caballero trabajando en pos de la justicia. El amor cortés transportado a los años veinte del pasado siglo, persiguiendo un mismo objetivo: el gran público.

Pero hay un factor divergente en la misma radicalidad del planteamiento, y es que el periodista confiesa que (a diferencia de los caballeros del Medievo) su amor por Isabel está mermándole en su lucha hacia un nuevo modelo social. La mujer puede ejercer sobre el varón una fuerza tal que llegue a anular, o al menos atenuar, sus convicciones:

Si supieras, Isabel, que tu cariño va tornándome débil. Desde que te conozco, tu sola presencia, cuanto más te trato, obra el milagro de restar fuerza a mi fuerza, de aconsejarme templanza, de anular mi acometividad. Y esto me disgusta. Quisiera verme a mí mismo como antes, como siempre, dispuesto a toda violencia.

Y el luchador libertario se tornará ahora casi neoplatónico, a juzgar por las siguientes y edulcoradas palabras:

Es decir, que si tu cariño le hace bien a mi alma, le hace un mal a mi lucha. La felicidad que me das, parece que me quita la esperanza en mi triunfo.

La respuesta de Isabel viene a redundar un poco más en este estilo almibarado:

—Pues te querré un poquito menos –repuso Isabel dulcemente— para que tu esperanza no padezca, para que no flaquee tu ideal.

De otra parte, la religiosidad de la mujer en las novelitas de Ortiz de Pinedo se hace palmaria a menudo, y de manera muy significativa en doña Isabel de Guevara:

Minutos después de las ocho despertaba Isabel. Luego de signarse y decir su oración de la mañana, comenzó a vestirse. […]


¡Dios lo quiere!— murmuró suspirando al abandonar el despacho de su padre para dirigirse a su gabinete.

A su amado:

—Nos despediremos junto a la ermita, ¿te parece? – Y añadió temblorosa—: para que Dios te dé suerte y te haga feliz. (…)
—Para que te haga a ti, que mejor lo mereces, santita. […]


No salía de casa como no fuese para ir a misa.


A su padre, tras la frustración amorosa, renunciando a la vida mundana:


¿Te parece que instalemos un oratorio en casa?
(…)
Algunos domingos tengo pereza de salir. (…) Un capellán amigo vendría tempranito a decir la misa.


Cuando su padre le da la noticia de que Uría ha abandonado la prisión:


Isabel, que leía un libro religioso, sentada junto al tocador, levantó la mirada hacia su padre.

Esta tendencia espiritual de la mujer frente a la del varón (que en unos casos es más comedido es sus manifestaciones religiosas externas, y en otras directamente descreído o postulante de ideologías materialistas) entronca con el retrato de lo femenino como fuente de idealidad (en el sentido platónico del concepto), aplicada a todos los órdenes de la existencia humana .

En este sentido, el relato alcanza un clímax de máxima tensión religiosa cuando doña Isabel de Guevara decide, al no poder consumarse su noviazgo con el periodista ácrata, que la mejor decisión es la de macerarse o sumergirse en las aguas purificadoras de la religión. Hasta el punto de renunciar aun a las preocupaciones mundanas, en una suerte de beatus ille horaciano a lo divino.

La actitud de la protagonista provocará la desesperación de su padre viudo, que considera que esa es una forma cruel de perder para siempre a su hija. Pero a esta situación se ha llegado como consecuencia de una premisa medular: la incapacidad moral de la hija de tomar una decisión que ofenda a su padre, a quien respeta con reverencia. Así, la mujer aparece como un miembro familiar que aboga siempre por la concordia y la estabilidad, renunciando incluso a sus reivindicaciones en el caso de que estas no sean del agrado del cabeza de familia. Esa actitud de búsqueda del equilibrio familiar es frontalmente contraria a la del amado, que tiene en la lucha y la discordia una máxima de su pensamiento.

Se oponía con todo el tesón que dejaban traslucir siempre sus pocas palabras [de su padre]. Se oponía… Y ella no se encontraba con fuerzas para desobedecer a su padre, para contrariar su voluntad. Si se tratase de otra clase de obstáculos, hasta de luchar contra la sociedad entera por defender aquel amor, no vacilaría. (…) Pero contra su padre… Contra su padre, aunque creyese vencer, no dirigiría sus armas. Prohibíaselo su amor de hija, la educación cristiana que había recibido, la ciega obediencia debida al autor de sus días.

De modo que la protagonista se nos revela aquí como una Madonna dell’ annunciazione que acata los pensamientos de su Dios –el “autor de sus días”—, o al menos no los contraría (en tanto que tampoco se casará con el duquesito de Alcázar, el preferido de don Alfonso).

La mujer es, en consecuencia, un ser especialmente celoso de sus obligaciones cuya reciedumbre espiritual se ve reflejada en el cumplimiento de su ineludible deber filial. Pero esta actitud no es en absoluto barata, y el peaje que la mujer paga por ella es alto, aunque sigiloso, discreto y recatado:

Y lloraba, lloraba… Era su llanto sereno, silencioso. Cubriéndose los ojos con el pañuelo, apoyado el codo en el brazo de la butaca, iba dando suelta a su dolor como fuente que mana sin tregua. En los cristales golpeaba fuertemente la lluvia, espesándose en amplia cortina bajo el cielo gris. Parecía que la tristeza del invierno venía a aumentar la congoja de su alma, y que el despertar frío y melancólico de diciembre presagiaba a la pobre enamorada muchos días negros, muchas horas amargas .

Asistimos en definitiva a una lucha encarnizada de la sentimentalidad de la mujer, de la hija (guiada eminentemente por sus pulsiones emocionales), frente al exceso de pragmatismo e interés de clase –materialismo social— del varón, del padre.

 Mas el corazón de la enamorada rebelábase contra lo que consideraba una injusticia. ¿Por qué cerrar las puertas del corazón al amor, so pretexto de que el galán no reunía las condiciones que exigían los prejuicios de clase? Por primera vez, la vida, que era para ella tan dulce y tan blanda, mostrábale, como su padre, el ceño duro. Por primera vez sentía extenderse sobre el alma la sombra de una tristeza.

La ablación del libre albedrío de la mujer, derivado del ejercicio autoritario de la paternidad, deviene en un estado de desengaño para ella, que —amén de perder todo afán por la vida terrenal y sus delectaciones— llega a manifestarle a su amado un sentimiento de culpa; no sólo sufre la presión familiar y social, sino que ha de disculparse por ello, situación tan femenina en un marco sociocultural aún extraordinariamente falocrático.

Y le pedía perdón… Le pedía perdón por sacrificar su amor de mujer a su amor de hija.

La reacción del periodista ante las palabras de doña Isabel goza del máximo interés en tanto que manifiesta la poderosa influencia de la mujer amada sobre el varón, hacia quien parece haber volcado su capacidad de comprensión, bondad y sentimiento religioso, aunque este último trasmutado en una piedad mundana hacia la mujer que no puede consumar su amor, una religio amoris de lazos provenzales que le permite venerar, incluso adorar, a quien tiene ante sus ojos.

El patetismo efectista de la despedida de los enamorados —fatal en tanto que presagiada— acaso hiciera brotar las lágrimas de los lectores de mesa camilla de la época, máxime por la pátina edulcorada de lenguaje redicho con que el narrador cubre la escena.

Hemos llegado al último capítulo de una historia harto dichosa, tal vez por eso, breve. La aventura acaba… ¿Cómo era posible que no acabase así? Tú te vuelves a tu mundo: yo al mío. Nos juntó el azar y la vida nos separa… ¡Qué hemos de hacerle!... Cosas de este ambiente miserable. Después de este sueño feliz no tengo más que darte las gracias. ¡Me has hecho tanto bien en este tiempo! Tú sí que serás en mi vida un recuerdo imborrable: la gota de miel que en medio de las amarguras de mi lucha, estará siempre en mis labios. Tu alma clara, tu alma limpia como un espejo, y que como un espejo refleja la verdad que tiene delante, me servirá perennemente de guía, invitándome a ser justo y a ser bueno.

Y continúa con aires posrománticos o becquerianos:

¡Por esta alma tuya tan dulce, no sé yo qué te diera ni qué hubiera dado!

Pero hasta el ácrata periodista se mostrará extraordinariamente comprensivo y sereno ante la decisión de doña Isabel (la autoridad es inviolable en algunos casos, parece colegirse), afirmando incluso que su amada será acicate para su pelea, emulando a los caballeros andantes del Medievo:

Comprendo y respeto las razones que te obligan a obedecer a tu padre. Yo seguiré luchando más ardientemente que nunca… acaso por perderte… (…) Si triunfo, a tu amor lo deberé… Si me cuesta (…) el combate, creeré que la memoria de tu cariño es el pago de mi sacrificio .

Doña Isabel irá evolucionando desde una religiosidad inocua hacia un supuesto ascetismo negacionista y espartano que llega a horrorizar al padre, porque piensa, en su egoísmo desmedido, que aquella actitud supondrá la pérdida total de su hija, un remedio mucho peor que esa enfermedad de amores libertarios. El padre siente pavor ante la soledad, y ese egoísmo paterno se confronta de manera meridiana con la liberalidad, entrega y capacidad de sacrificio de su hija —de la mujer—, siempre dispuesta a su propia oblación en beneficio de la comunidad familiar.

Digamos que la relación con su hija ha ido derivando hacia una suerte de amo et odio, acusándola de la situación, mientras que ella había perdido “la amorosa solicitud de antes”, aunque su trato fuera muy correcto, sin alterar el orden vigente. Todo esto irá engendrando en el padre una desazón interior que irá acumulándose hasta que ese dolor de don Alfonso —que no soporta más la sumisión inhumana de su hija— haga, finalmente, crisis:

¡Pues sacrifícate! ¡Sigue sacrificándote! ¡Hártate de sacrificio!

La asfixiante situación familiar que vive la mujer, al no haber encontrado una vía satisfactoria de escape, hará que se resquebrajen los cimientos de la convivencia entre padre e hija. Ella, sólo buscará ya consuelo en la esperanza de otro mundo, ulterior a la esta vida terrena en la que permanecía presa y sin confortación posible.


Joaquín María Cruz Quintás

Eva Curiosa o la mujer ávida de escapismo en la obra de Ortiz de Pinedo


En artículos anteriores nos hemos referido a la vida y andanzas de José Ortiz de Pinedo (1880-1959), escritor nacido en Jaén que desarrolló su vida literaria en Madrid. En el presente vamos a analizar una novelita, Eva Curiosa, publicada en la colección Los Contemporáneos, en Madrid, el 20 de mayo de 1920.

Comienza esta obra con la narración y descripción de una escena del mayor tipismo y marcada feminidad: El personaje principal, la joven Dora, una muchacha de familia acomodada, toma el tren que la llevará desde Sombroso, el pueblo donde reside, a tierras lejanas, mientras sus amigas repiten despedidas muy sentidas, «adioses y sonrisas, agitando ya el abanico, ya la sombrilla cerrada, ya la mano,…» Así, desde los albores del relato, percibimos la sensación de tener en nuestras manos una obra destinada preferentemente al público femenino, muy en la línea de lo que venía siendo la producción literaria enmarcada en el ámbito de lo rosa, a la que nos hemos referido por extenso.

Muy pronto la protagonista se nos revelará como el prototipo de la mujer burguesa que habita un espacio familiar asfixiante para ella, con la figura de un padre (y de una madre, ya difunta) contra cuya mentalidad cerrada tendrá que pugnar de manera sistemática y continua.

Don Benito se revela así como un varón de doble moral: de natural tacaño, no accede, aunque puede, a comprar unos billetes de primera clase (viajan en segunda) y, para justificarse, recurre al argumento evangélico —y aquí muy contradictoriamente farisaico— de la inconveniencia de toda ostentación. Es la primera señal que se nos proporciona sobre una cierta mezquindad en la familia de la protagonista quien –como subraya el autor al aducir este dato sobre el padre justo antes de indicar que Dora viajaba «en camino de sus deseos» parece buscar nuevas rutas que la liberen de una vida incómoda en Sombroso: «Ahí te quedas (…) pueblo feo, aburrido, antipático…» . He aquí la mujer como espíritu libre que proyecta sus ilusiones hacia la libertad de un mundo desconocido, pero a buen seguro alejado de la ramplonería insustancial y obtusa de las gentes del pueblo, tan planas, tan cicateras, tan tacañas. Las circunstancias que nos presenta nuestro autor eran habituales en los años de publicación de esta novela, dado que, como es sabido, la sociedad rural no ofrecía ninguna oportunidad a las mujeres —a la dureza de las condiciones del trabajo había que sumar el yugo de una sociedad patriarcal en la que la preeminencia del varón era incontestable— , quienes sólo vislumbraban una posible fuga de su situación en una escapada hacia no se sabe qué caminos inciertos, pero alejados de «la cárcel de tedio de la vetusta ciudad» .

Dora soñaba desde aquel pequeño rincón del mundo… con el resto del Universo. Leía novelas, libros de viajes, aventuras e historias; miraba y remiraba un gran álbum, con fotografías de las principales ciudades del mundo, que su padre conservaba, y ante un globo terrestre que don Benito tenía en el despacho dejaba vagar la imaginación (…) París, Berlín, Viena, Roma,…

Queda clara la influencia del escapismo romántico en la protagonista, quien llega a firmar que Sombroso no existe, que es un no-lugar: por tanto, vivir en Sombroso significa no vivir, vivir en la nada, en el abismo, en las tinieblas.

Igualmente, la protagonista del relato refleja ese sentimiento de impotencia ante la sobreprotección que los padres ejercen sobre sus vástagos mujeres, motivada por un rechazo frontal a todo lo desconocido, especialmente la gran ciudad, fantaseada por su ya difunta madre como una suerte de Sodoma o Gomorra contemporánea, por supuesto sin excesivo fundamento argumental:

¿Qué falta te hace a ti el ir a Madrid, ni a ninguna parte? ¿No tienes aquí todo lo necesario para vivir y ser feliz? Como tú, aquí he nacido yo; y para vivir a gusto, casarme y ser dichosa, no he tenido necesidad de moverme del pueblo. Conque, aprende de tu madre.

 Una vez en Madrid, la protagonista sigue siendo víctima de la mentalidad cerrada de su acaudalado padre, en tanto que este no osa hospedarse en un hotel, sino en una fonda que le han recomendado en el pueblo. La descripción física de la propietaria, a caballo entre una novela romántica de terror y el feísmo naturalista, contribuye a crear en el lector, de manera plástica, la sensación de encontrarse en un verdadero antro, imagen atenuada sin embargo por la dulzura de la mujer:

Era la dueña del hostal una doña Elvira, vieja y pintarrajeada, con muchos postizos en la cabeza. Alta y un tanto hombruna, contrastaba su aspecto exterior con la melosidad de su voz y la dulzura de su carácter, tocado de un romanticismo agudo. Según ella, había equivocado el siglo. Debía haber nacido en el diecisiete.

Aquella mujer representa de nuevo el arquetipo de la frustración femenina. En este caso, un amor de juventud malogrado (aunque no cicatrizado) tras el engaño sistemático del varón. Doña Elvira es, al cabo, una pobre mujer que, casada ahora con un tal don Jerónimo, vive aún suspirando por ese amor tan lejano cuyos engaños hoy ya no recuerda.

 Pinedo recurre al humor como medio para atemperar el ambiente negativo que se está describiendo desde el inicio. Así, este recurso está presente en las etopeyas sobre los dueños de la fonda, quienes, en su interés extremo por agradar a sus huéspedes, volcarán sobre el pueblo de Sombroso alabanzas sin cuento, aunque no tuvieran la menor noticia sobre aquella población.

 El narrador nos cuenta que don Jerónimo es «un alma de Dios y hombre de excesiva y abrumadora cortesía» que no duda en cuadrarse para saludar, secuela de su pasado en el ejército. Mantiene con su mujer una relación simpática o, si se quiere, un tanto absurda, dado que ella no está enamorada de él , pero la mujer está completamente segura de que su marido sí, lo que hace que se afane en mantener su (ya de por sí bochornoso) tipo.

En cierta ocasión que se pesó, acusando la báscula noventa kilos, dijo a don Jerónimo, sonriéndole: —No quiero engordar más, porque temo dejar de ser tu tipo.

Las diferencias de mentalidad entre el carácter abierto de la joven hija y el del padre vuelven a hacerse explícitas en la opuesta valoración que hacen de las gentes extranjeras:

— (…) Veo, sin embargo, caras extrañas, extranjeros que la guerra ha echado aquí para explotarnos o para adherirse como parásitos.
— Y también para enseñarnos lo que no sabemos, papá. Sin la ingerencia de esas caras extrañas en nuestros negocios, seguiría España arrastrada por el tranvía de mulas que tú conociste. Pero no quiero hablar así, porque temo caer en marisabidilla antigua o en feminista de ahora, que es peor.

Dora se muestra aquí crítica, a pesar de su postura abierta, con los excesos progresistas, de los que parece tener un concepto similar al de los tradicionalistas o meramente reaccionarios.

La protagonista es el prototipo de mujer de acción, que busca ante todo la inquietud de la gran urbe, de lo desconocido, que exclama «esto ya es vida» cuando pasea por la Castellana entre automóviles, manuelas, simones y tranvías. Y la de una mujer de gran sensibilidad social, como se demuestra cuando se entristece profundamente al pasar al lado de un asilo de niños sordomudos. Su conmoción al ver aquella imagen, que se expresa en las palabras de la protagonista—notablemente cursis, por otra parte, como se apreciará— se relaciona directamente con la capacidad de empatía que muestra Dora ante los niños que no pueden oír, que han de permanecer al margen del ruido, de la acción, que es, en definitiva, lo que más atrae a la protagonista. La blandura (tan cara a la mujer lectora de mesa camilla de la época) con la que Dora expresa este sentimiento se refleja en el siguiente párrafo:

¡Qué pena tan grande!... No oír, no hablar… Cuando precisamente el ruido es lo que más atrae y encanta a los niños… Jugando, parece que el ruido los emborracha… ¡Qué pena! Y cuantos pobrecitos habrá ahí… Yo me los figuro queriendo gritar: “¡Mamá!... ¡Madre!...”, sin que sus labios puedan pronunciar las dulces palabras.

La sensibilidad que muestra la protagonista hacia los favorecidos es, como se manifiesta en el relato, similar a la que, en un plano meramente intelectual, expresa su padre hacia la figura de republicano Castelar, ante cuya estatua arroja subidos elogios. Este hecho nos hace pensar que el relato refleja una realidad marcada por los estereotipos sexuales: el varón se interesa por la política, por los asuntos de Estado (que podríamos calificar como más prosaicos), mientras que la mujer lo hace por aspectos de la vida más ligados con el noble sentimiento de la caridad y, como veremos más adelante, con la expresión artística .

 La sensiblería —entreverada de expresiones cursis— que profiere Dora se repetirá en más ocasiones a lo largo del relato, signo inequívoco de la proyección comercial del texto: «Esto es muy hermoso, papá. Ensancha el alma…»

Ese permanente interés por lo artístico al que acabamos de aludir (en tanto que factor emocional —al margen, o por encima, de la racionalidad—) ha de vincularse también con un estado de permanente fantaseo: La protagonista, siempre sonriendo, parece vivir envuelta en una cápsula de felicidad antípoda de la vida rural. Pero Dora peca en exceso de idealismo, lo que le acarreará sin duda problemas no menores. La joven mujer del relato necesita, en el fondo, ese contrapunto de pragmatismo que aquí representa el varón maduro, aunque el posicionamiento de su padre siga resultando excesivamente rocoso o escasamente liberal.

El hecho de no saber posar los pies en el suelo por su permanente afán de ideal hace de la mujer protagonista un ser muy vulnerable ante el varón oportunista que usa del embeleco y el trampantojo amoroso o sensiblero para captar la atención de sus víctimas y parasitarlas sin escrúpulo.

 El concepto de provecho —a costa de los demás, evidentemente— es el factor medular en el pensamiento de este gran pícaro que es el personaje de Leopoldo Farfán. Pinedo quiere describirnos en este capítulo la figura de un vividor con mayúsculas, tan habituales a buen seguro en aquel Madrid de las primeras décadas del siglo. La argucia como herramienta de trabajo, la huida de este como medio de vida, la buena vida de parásito social.

 Pero Farfán viene a representar, al menos ante los ojos de Dora (no ante los de los lectores, que desconfían ya plenamente de la actitud del pícaro) un contrapunto al arquetipo del varón común, alejado como norma general de esta tipología sentimental que presenta el susodicho. Ese será el germen de su progresiva atracción hacia él. De hecho, la inicial antipatía que despertaba en Dora fue mudando a medida que Farfán ganaba su voluntad hablándole de arte, de emociones y de lejanías geográficas. Dora está —es evidente— ávida de vida, pero de Vida con mayúscula, y ve en Farfán una cierta senda para su escapismo .

El pícaro, que conoce este punto, despliega todas sus dotes dialécticas para envolver a la mujer en su mentira . Pero el objetivo del embuste resultará ser doble. Por un lado, la ganancia económica; por otro, la mano de Dora, pero subordinada al dinero . Vuelve a observarse cómo el varón (aunque para Dora parezca lo contrario) supedita el sentimiento al pragmatismo, porque el interés por la ingenua Dora se dirige fundamentalmente hacia la fortuna heredada de su madre.

Su fino olfato de buceador de espíritus y faltriqueras había descubierto dos tesoros en los viajeros de Sombroso: la fortuna de Dora y su sed de emoción.

Todos los pretendientes anteriores de Dora habían sido demasiado rústicos, hombres del campo, aunque acomodados, «de palabra tosca y torpe estilo» , por lo que leer una carta de amor con intención literaria (si bien de una afectación almibarada) dirigida a ella le supuso una muy agradable novedad, atraída como estaba por «el aroma de aventura, por el perfume de cosmopolitismo que Farfán sabía poner en sus diálogos con ella» . Todo a pesar de que su razón le dictaba otra realidad bien distinta, pero de nuevo se manifiesta la prevalencia de la emoción sobre la racionalidad en la mujer, en una postura antiilustrada que bebe, es indudable, del no muy lejano romanticismo, corriente de gran predicamento entre las lectoras.

Dora nos recuerda, de manera bien evidente, al personaje de Madame Bovary. Así, leemos que buscaba:

Ir en pos del grano de sal o la gota de miel de lo desconocido, que en sus ensueños y lecturas de Sombroso ofrecíasele tentador.

Se asimila a la novela de Flaubert en el (en este caso frustrado) matrimonio con mujeres acaudaladas , en cómo Emma, en Madame Bovary, se cansa de un estilo de vida, el de su relación matrimonial, monótono para ella. La promesa que en la obra francesa le hace su amante de escaparse con ella se frustra, mientras que Emma Bovary se caracteriza por su enorme afán de derroche y sus continuos caprichos que, en este caso, incluso llevarán a la bancarrota a su marido legal. También hay suicidio de por medio, como sabemos, en Madame Bovary, aunque el de Farfán en Eva Curiosa no pase de ser un acto teatral lamentable . Finalmente, en ambas obras hay un estado de frustración constante que, en el caso de Emma, la lleva a la certidumbre de que sus aventuras adúlteras no han hecho sino acrecentar su malestar interior, su sentimiento de hastío.

Pero, mientras que Emma sí se había atrevido a dar un paso adelante —en dos ocasiones— hacia una aventura que la manumitiera de su estado de postración, Dora, en cambio, no se decide a dar ese paso. Ella ve con nitidez en sus fantasías el camino que habría de seguir para conseguir la deseada liberación, pero a la hora de romper el hielo en la vida real se lo piensa muy mucho.

En sueños era capaz de seguirle, de unir su vida a la suya. En la realidad, con los ojos abiertos, la asustaba .

Y a continuación leemos:

un hombre que le infundía miedo… el miedo de lo desconocido, precisamente de aquello que le atraía con misteriosa fuerza.

Lo cual vendría a suponer una suerte de trasunto invertido de las palabras que el ciego amo de Lázaro le dedica a su mozo después de lesionarle la cabeza con la jarra de vino: «¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud».

El conflicto entre sueño y realidad, germen y médula de toda la obrita, se nos expresa aquí de manera muy nítida, acaso —pensaremos— en exceso, si no tenemos presente que se trata de una obra eminentemente comercial. La protagonista principal se ha venido revelando, en definitiva, como una mujer-niña, inmadura, lo suficientemente consentida como para no poder enfrentarse a la lidia de la vida, en toda su complejidad.


Joaquín María Cruz Quintás

Algunos episodios biográficos de José Ortiz de Pinedo. Un escritor jaenés en el Madrid de la primera mitad del siglo XX.(II) Relaciones con la bohemia

RESUMEN

En el presente artículo -continuación del publicado en septiembre de 2007-hemos intentado divulgar algunos episodios de la vida de José Ortiz de Pinedo en los que el autor giennense, una vez que llega a Madrid para probar suerte en el ámbito literario, entabla relaciones con diversos escritores importantes de la capital.


1. Introducción.

José Ortiz de Pinedo llega a la villa y corte, como apuntamos en el trabajo anterior, cuando apenas cuenta veinte años, al poco tiempo de experimentar cómo la vida lo arroja a la soledad del camino, tras la muerte de su madre (él ya era huérfano de padre) y de su tío y tutor, Manuel Ortiz de Pinedo .

Si hacemos caso de los que nos relata en su autobiografía De mi vida y milagros (que, como ya indicamos -y dada su propensión a la fábula en este campo- es de muy dudosa fiabilidad en algunos episodios) la idea de marchar a la búsqueda de la fortuna hacia la capital del Reino le fue dada, casi exigida, por su amigo Santiago Rodríguez, quien escribiría al director de El Eco Nacional, diario de inclinaciones ideológicas republicanas, informándole a propósito de las virtudes periodísticas y literarias de nuestro autor. Digamos que esta carta de presentación le serviría a Pinedo como pasaporte hacia esa “corte de los milagros” donde esperaba labrar sigilosamente con sus textos para, llegado el momento, esquilmar las posibles haciendas literarias.

Acusado de arribista por uno de los autores con los que trató de cerca, como fue Cansinos Assens , parece evidente que Pinedo percibió en la literatura una vía de medro eminentemente económico, si tenemos en cuenta que buena parte de su producción literaria –como es el caso de sus novelas breves- se pliegan a los ideales de un mundo aburguesado, pagado de sí mismo y ubicado en las márgenes de cualquier problemática más o menos trascendente que pudiera percutir las conciencias de los lectores.

Lo que Cansinos -quien, como parece innegable, no digiere bien la personalidad del autor jaenés- critica de su forma de actuar es la manera en la que Pinedo supuestamente intenta ganarse la simpatía de los escritores importantes en los cenáculos madrileños, que consistiría en revestirse de una falsa y excesiva humildad religada con un exceso de alabanza rayana en la adulación. De esta forma pretendería -y lo que sí sabemos es que en varias ocasiones lo consiguió- abrirse determinadas puertas en el complicado mundo cultural madrileño, en forma de padrinazgos o facilidades a la hora de publicar sus textos.

La nómina de autores con los que el propio Ortiz de Pinedo, en su Viejos retratos amigos, afirma haber mantenido algún tipo de relación (bien esporádica o superficial, bien de amistad) es interesante. Él cita al propio Benito Pérez Galdós (aunque su contacto con el canario fuera puramente visual y casi a hurtadillas en las calles del centro de la ciudad), a Benavente, Ricardo León, Valle-Inclán, los hermanos Quintero, José Martínez Ruiz (“Azorín” desde 1904), Emilio Carrère (con quien mantiene una estrecha relación de amistad en la que ahora ahondaremos), Antonio Sánchez Ruiz (“Hamlet-Gómez”), Eduardo Marquina, José María Matheu, José de Roure, Emiliano Ramírez-Ángel, Francisco Villaespesa, Felipe Trigo, Martínez Olmedilla, Cristóbal de Castro, Alejandro Sawa, Alejandro Larrubieta, el dibujante Paco Sancha, Andrés González Blanco, Navarro y Ledesma, etc.

A continuación intentaremos profundizar en algunos de los vínculos personales de nuestro autor con dos de los escritores más relevantes de la bohemia madrileña: Alejandro Sawa y Emilio Carrère.

2. Ortiz de Pinedo y Alejandro Sawa: conversaciones con el icono de la bohemia literaria de la capital.

Alejandro Sawa, sevillano de ascendencia griega, llega a Madrid por vez primera en 1885 (con 23 años), y allí permanecerá hasta 1889, cuando decide marcharse a París, adoptando desde muy pronto una peculiar actitud ante la vida que lo hará erigirse en uno de los paradigmas de la bohemia literaria española . No en vano, Alejandro Sawa, fiel a su condición, soportará numerosas calamidades a lo largo de su existencia, que le harán escribir:


Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas .

Desconocemos con certeza cuándo pudo conocer Ortiz de Pinedo al creador de Iluminaciones en la sombra , pero sí podemos aventurar que nuestro autor visitó la casa del escritor hispalense en Madrid, participando en algunas de esas infinitas tertulias llenas de “humo, melenas y egolatría” . A Pinedo le gustaba ir a casa de Sawa para conversar con él, escucharle hablar de literatura, de su literatura –porque la de la realidad literaria era la única verdad que ciertamente despertaba su interés - y deleitarse con esa unción esencial con la que leía o recitaba versos.

Leía admirablemente; conversaba con énfasis, pero con agrado; era cortés y cordial. Fuera de la literatura, nada le interesaba. Y, dentro de ella, […] lo que más le interesaba era no escribir.

Pinedo nos lo retrata como un tipo de gran sensibilidad que era capaz de llorar –él llegó a presenciarlo- con unos versos de Campoamor. Y esa exquisitez artística que lo haría viajar por las “inmensidades estrelladas” mientras que de noche maldormía, acaso, debajo de un puente; esa mezcla de míseras realidades y de ficciones elevadas lo elevará a los altares de una bohemia por la que Pinedo siempre se sintió atraído, aunque ya hemos reseñado que, con frecuencia, su acercamiento a la literatura estuvo marcado -aunque en ningún caso pretendemos afirmar que ese fuera su único objetivo- por un interés eminentemente práctico y, en no pocas ocasiones, exclusivamente crematístico.

Sawa, en tanto que sacerdote de la bohemia, fue un noctívago impenitente y avezado conocedor de los misterios y las malandanzas de la noche madrileña. Parece que nuestro autor lo acompañaba en ocasiones durante aquellos extensos peregrinajes por las calles de la capital, “deteniéndose únicamente en las tabernas para aliviar la sed” , absorto por la plenitud de las palabras de aquel poeta “con melena y semblante parecidos a Daudet”, amaneciéndose frente a la puerta de su casa, cuando

la majestad del poeta, un tanto hiperbólica siempre, un tanto hinchada, desentonaba en la humilde mansión, y dijérase que se había equivocado de albergue y que era en el propio palacio de Alba donde el mayestático Sawa debía penetrar.


3. Ortiz de Pinedo y Emilio Carrère: un vínculo de admiración intelectual, pupilaje y amistad sincera.

Leemos en La novela de un literato , de Cansinos Assens, que la afinidad entre ambos autores llegó a ser tal que podríamos hablar de una sólida pareja literaria que, sin embargo, acabaría por diluirse -como tantas relaciones apasionadas- hasta terminar definitivamente, sin que hayamos tenido acceso de momento a las posibles causas de este final.

La relación con el bohemio Carrère se inicia pronto, al poco tiempo de arribar en Madrid con la supuesta recomendación del amigo citado. El propio Ortiz de Pinedo nos cuenta cómo conoció al autor madrileño: También Carrère rondaba la veintena cuando, en la iglesia de San Luis (probablemente San Luis de los Franceses, en el barrio de Salamanca) “un amigo llamado García” los presentó. A partir de entonces surgió tal vinculación, alimentada por la correspondencia en gustos literarios y por un frecuente intercambio de textos poéticos que hizo que Pinedo fuera bien valorado por Carrère y que nuestro autor comenzara a vislumbrar en la obra del decadente casticista madrileño a un escritor de gran talla artística. No en vano, Ortiz de Pinedo presumiría de ejercer como heraldo de don Emilio en el mundo literario de la capital:

Pronto me di cuenta de que en Carrère había un gran poeta, y por si no se había enterado, se lo dije y le animé para que trabajase. Me cupo la fortuna de ser su profeta y de acuciarle para que venciese sus perezas. De ahí que me haga responsable de todo el dolor que haya podido costarle la azarosa profesión que emprendió “por mi culpa” dejándole para su solo provecho la gloria ganada .

Emilio Carrère publicará en 1902 su primer libro de poesía, Románticas, y ya por aquel entonces Ortiz de Pinedo le dedicará un prólogo en verso para esta primera edición. No será, en absoluto, la única muestra escrita de afinidad entre ambos autores, ya que, por citar varios ejemplos, Carrère incluirá a Pinedo -con cuatro composiciones- en la primera antología de lírica modernista que el madrileño recopila y publica en 1906 bajo el marbete de La corte de los poetas. Florilegio de rimas modernas, mientras que nuestro autor le dedicará algún poema en sus Dolorosas, de 1903, al margen de que en Viejos retratos amigos le brinda un capítulo donde le esboza una semblanza y un poema con su nombre como título, en el apéndice lírico del final del libro, que reproducimos en su integridad:


Loado seas, cronista del Madrid antañón,
que no fuiste jamás rata de biblioteca
esclavo de la fecha y la verdad enteca
sin el preciso jugo de la imaginación.
Tú opones a la Historia la flor de la Leyenda
y con gracia, con garbo, cuentas lo que pasó;
no hablas al que de exactos datos te atiborró;
escribes sólo para el que lo entienda.
Del señor don Francisco de Quevedo y Vi-
[llegas
a las veces recuerdas el sarcasmo buído
y como a él te conocen por tu ingenio atrevido
y tus muchos trabajos y tus pocas talegas.
Tu prosa es poesía y también ironía.
Poeta de la crónica, maestro del humor,
en una mano el cascabel reidor
y en la otra la copa de la melancolía.
Poeta: ya al crepúsculo, tu vida se recata
en el recuerdo y, solo, paseas tu vitola
con tu negro chambergo y tu capa española,
con tus versos de oro y tus sienes de plata.
Que mucho se prolongue de tu vida la tarde,
que nos sigas contando del Madrid que se fué
y endulzando las horas, y que así Dios te
[guarde
Y te colme de santa esperanza y de fe.

No es extraña la admiración de nuestro autor si tenemos en cuenta que Carrère fue su primer guía espiritual y literario en Madrid, a pesar de ser algo menor de edad que el giennense, si bien, una vez concluida esta relación, Pinedo merodeará por otros ambientes y grupúsculos de escritores, como el de Villaespesa y los hermanos Machado o, más tarde, el grupo de Juan Ramón Jiménez; pero acaso en ninguna de estas nuevas reuniones llegaría a encontrarse tan cómodo como al lado de su compadre Emilio Carrère.

Es posible que una de las causas de tal simpatía casi inaugural estribe en la valoración que Pinedo hace de la vida de su amigo, donde había encontrado mucha “tristeza y cobre”, lo que nos recuerda las circunstancias fatales con las que la vida había envuelto a nuestro autor. Quizá ambos podrían representar el papel de antihéroe –que con certeza albergaría también algo de pose artística- en un escenario vital poco favorable y en ausencia de un Deus ex machina que seguramente buscaran en el ejercicio literario. Pinedo escribe el siguiente párrafo sobre la mala fortuna de Carrère:

Ha conocido de cerca el dolor y la injusticia, la tristeza de los seres y de las cosas, lo grotesco y lo amargo, lo ridículo de la “feria de las vanidades” y lo delicado de los espíritus humildes. Sabe más del arroyo de la ciudad que de sus palacios, y del fracaso de las almas que de la euforia de los dichosos. Y porque sabe todo esto, porque ha sido espectador –y actor acaso- de muchos dramas silenciosos, de muchas tragedias íntimas, ha sabido aportar a sus novelas, a sus crónicas y a sus versos ese caudal de humanidad tan caro y tan valioso.

Pero no todo en Carrère era carencia, sino que, cuando tuvo, no supo administrar, sino prodigar. Y es este uno de los aspectos donde se observa la cierta bohemia de Carrère:

Carrère era un bohemio si por bohemia entendemos indisciplina, independencia, fiera aversión al orden y el método y poco dinero en el bolsillo. Sin embargo, Carrère no fue nunca un bohemio completo. Para serlo le faltaba emborracharse de vez en cuando, cosa difícil en un hombre que no bebe más que agua, y le faltaba también ser holgazán.

Sin embargo Pinedo afirma que su amigo, como tal bohemio, trabajaba “siempre en cigarra, nunca en hormiga ”, y que hacía vida de noche, trabajando de madrugada, porque “la noche le indemnizaba de las horas prosaicas” .

4. Final.

Como indicábamos al inicio, no fueron escasos los contactos que José Ortiz de Pinedo mantuvo en la capital del Reino con escritores de reconocido prestigio. Habrá tiempo, sin duda, de indagar en ellos.

Joaquín María Cruz Quintás

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